domingo, 14 de agosto de 2011

lugares de tránsito

El Faro de Melilla
Domingo, 14 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.



Si alguien desea saber si una ciudad es más o menos moderna, sólo tiene que prestar atención a un par de detalles. Esos detalles pueden encontrarse en lugares donde los individuos se desvanecen, donde los bloques de oficinas, el constante flujo de mercancías y el implacable avance de los medios de transporte reducen la dimensión de los seres humanos, que entonces se convierten en pequeñas hormigas. La despersonalización que sufren los habitantes de Melilla, sin ir más lejos, pueden encontrarse en su aeropuerto, en el Polígono Industrial, en algunos supermercados o en los parques públicos cuando cae la noche. Son sitios en los que nadie permanece, sólo está (y a veces ni siquiera). Allí todo es un enorme simulacro detrás del cual todo el mundo se muestra incapaz de establecer contacto entre sí.

De lo que no cabe duda es que nunca habíamos estado tan solos como a partir del momento en que pudimos caminar por lugares de tránsito en los que difícilmente queda una huella nuestra. Claro que tampoco en nosotros quedan muchas huellas de esos lugares. ¿Quién se acuerda, por ejemplo, de las habitaciones de hotel donde ha pasado alguna noche? ¿En qué se diferencian las que nosotros tenemos ahora en el magnífico parador Don Pedro de Estopiñán de las que habríamos tenido en el parador de Sigüenza? ¿Es que nunca os habéis sentido, queridos lectores, como flanneurs, como paseantes sin rumbo, en busca de nada en concreto, sólo de moveros?

Nuestra reflexión del día es que cada vez hay menos intimidad. Comemos en restaurantes abiertos al público que quiera mirar desde la calle; hacemos deporte en los parques y en las grandes avenidas; sostenemos conversaciones delante de los demás, que nos oyen hablar a través de nuestros móviles con personas que quienes nos rodean no pueden ver y ni tan siquiera imaginar; leemos rodeados de semejantes a quienes ni siquiera prestamos atención; acabamos nuestro aseo personal en el autobús…

En estos momentos, existe una mayor conexión visual con quienes nos rodean, pero apenas hay conexión emocional. Melilla demuestra cómo hemos acabado habitando un espacio casi idéntico, estemos en Melbourne, Atlanta o Varsovia. Nuestra presencia en algunas partes de las ciudades por las que caminamos comienza a ser una abstracción. Unos y otros nos parecemos, quizás porque todos repetimos los mismos gestos, llevamos las mismas prendas de vestir, nos detenemos ante los mismos escaparates, pagamos ante la misma caja registradora. Lo único que queda de nuestras identidades individuales está en nuestros bolsillos, en el teléfono móvil, o nos espera en casa, en la pantalla del ordenador.

O sea que, si quieres, Melilla, defender algo de tu verdadera identidad, es hora de que comiences a valorar las cosas que te dan tu personalidad real y no las que te equiparan a otras ciudades con las que nunca podrás compararte, ni falta que te hace.


lugares donde nunca pasa nada

takes IV










mentir, soñar

El Faro de Melilla
Domingo, 14 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.


AHORA QUE COMENZAMOS A SER ALGO ASÍ COMO VIAJEROS MENOS INOCENTES, Y AUNQUE INTENTEMOS CADA DÍA PRESERVAR LA INOCENCIA CON LA QUE LLEGAMOS AQUÍ (NO VAYAMOS A MALEARNOS), CREEMOS QUE YA PODEMOS DECIR ALGO DE PROVECHO SOBRE MELILLA.

Si el viajero difícilmente llega a Melilla, una pequeña ciudad en la costa del norte de África que no suele aparecer en los mapas de Europa, es aún menos probable que acabe entrando en su museo municipal. Nosotros lo hicimos. Llegamos allí por casualidad y también por casualidad entramos en aquel museo, donde se desplegaban las piezas como en cualquier trastero o almoneda. Entre tristes paneles explicativos en los que casi nadie se detenía, vimos una fotografía antigua que nos recordó algo conocido. Unas bañistas salían del mar bajo una luz crepuscular aunque mediterránea. Había una placa que atribuía la fotografía a Imre Kertesz, pero a todos nos pareció improbable que fuese suya porque él jamás había estado en Melilla y su obra no se distingue por la luz sino por las formas (qué requetelistos somos, hombre). Quien nos sacó de dudas, no obstante, fue la persona que recibía a los visitantes a la entrada del museo.

−Aquí todo es real —nos dijo—, nada es arte. Mucha gente donó sus recuerdos y luego los autentificamos con nombres prestigiosos, de otro modo nadie se sentiría interesado en venir a un lugar como éste.

Ay, Melilla, qué te pasa. ¿Acaso crees que con lo que eres y lo que tienes no hay suficiente? ¿O temes que no vaya a haber quien se interese por tus tesoros si tú misma no los desentierras? Nosotros (Hilario J. Rodríguez, Luis Argeo, Javier Díez, Isaac Begoña y Cayetano Vela) creemos que, como casi cualquier ciudad del mundo, más o menos grande, de nombre más o menos conocido, tienes argumentos suficientes como para que alguien juegue a intentar unir las piezas y ver qué forma tienes. Aunque nosotros no hemos acabado de verte por completo, ya nos resultas insinuante. Nos resultan insinuantes los estilos que recorren tus calles, la gente que pasea por tus paseos y avenidas, las sonrisas que nos dedican quienes nos libran de nuestro despiste cuando perdemos el norte y acabamos en el sur, tus contradicciones, los inocentes sermones sobre tus diferentes culturas y esa sonrisa insinuante que nos fulmina cada noche, también el buen trato que recibimos allí a donde vamos… Qué más podríamos pedir, demonios.



Lo cierto, y no te enfades si ahora somos un poco sinceros, es que nos pareces algo así como una chica que a primera vista no es ni fu ni fa pero de la que luego, si la ocasión se da, puedes enamorarte toda la vida.
Nos gustan las ciudades portuarias, con un tráfico fluido de gente venida de todas partes, por mucho que aquí sólo estén de paso y a veces ni siquiera se queden unas horas para poner a prueba tu hospitalidad. Allí donde hay movimiento, hay vida. Ya sabes eso de que «o te mueves o estás muerto». Y aquí nos llama la atención que lo que de verdad se mueve no sean los edificios, las fachadas, el vestuario, las conversaciones, la actitud, que es lo que suele moverse en otras partes donde nada más se mueve, donde lo único que se mueven son las apariencias mientras que la esencia se queda quietecita. Fijaos en lo que pasó hace poco en Noruega. Allí, Anders Berihng Breivik nos da la razón. Mató a 77 personas en Oslo y en la isla de Utoya por un motivo ideológico bastante peregrino, uno de los golpes más inesperados y dolorosos que ha recibido la sociedad escandinava en su historia reciente. Al verlo en las fotos de los periódicos, escoltado por la policía, nadie diría que pudiese matar una mosca. Muchos de los que lo conocían jamás imaginaron nada raro con respecto a él, su tono de voz no les resultaba peculiar ni siquiera a sus vecinos, además –si a Breivik le daba por ahí− podía ser bastante chistoso.

−Es cierto que a veces tenía ideas un tanto extravagantes, pero de ahí a pensar que un día le iba a dar por matar a alguien…

Nosotros creemos que en la Península (e íbamos a decir España sin darnos cuenta de que también tú, Melilla, eres parte de España) demasiado a menudo podemos vivir puerta con puerta con un desconocido durante décadas, sin cruzar una sola palabra con él o sin percibir algo extraño en su manera de decir las cosas.

Aquí, por el contrario, nos parece que tú al menos sabes distinguir quiénes son tus amigos y quiénes tus enemigos porque los amigos te hablan con el trino de los pájaros y los enemigos con el rugido de los leones.

Lo reconocemos, mentimos al principio, aún no hemos estado en el museo municipal de Melilla. Nuestra mentira, sin embargo, sólo tenía una intención: la de recordaros que hay cuentos chinos de todas clases, buenos y malos, mejores y peores, pero sin ellos seguramente «el mundo hoy no sería real». Y si nosotros, con nuestras tonterías y comentarios, con nuestras derivas y nuestras chiquilladas, podemos ayudar a que Melilla sea más real, lo haremos, ese es nuestro cometido.


sala de espera

sábado, 13 de agosto de 2011

En las ciudades


no somos Julia Roberts

Melilla Hoy
Domingo, 14 de Agosto de 2011, Hilario J. Rodríguez.



Hay veces que alguien tiene que llevar la voz cantante y en nuestro grupo ese papel no siempre recae en la misma persona. Ayer, sin ir más lejos, cuando visitamos la zona de las chabolas del Cerro quien tomó la iniciativa fue Isaac. Que por qué, pues porque Isaac tiene una inocencia que a los demás nos falta (con excepción quizás de Cayetano). Yo a Isaac lo imagino conociendo a una desconocida en una fiesta, con quien conversa e intime, pero a quien tiene que despedir antes de que se acabe la diversión.

−Lo siento pero mañana viajo –lo imagino diciéndole a la desconocida− y no podremos vernos en un tiempo, ¿qué tal si quedamos el próximo mes, a la misma hora?

También imagino que ella estaría de acuerdo en encontrarse con él y que esperaría que el mes pasase rápido. Sin embargo, Isaac no volvería a dar señales de vida en mucho tiempo y ella, al cabo de los meses, ya casi ni se acordaría de él, lo que haría más imprevista y sorprendente una llamada suya, un años y medio más tarde, excusándose por el retraso y proponiéndole a la desconocida que se encontrasen al día siguiente en algún bar o restaurante que ambos conociesen. Por supuesto, ella accedería, pensando que él es de esas personas que sabe cómo hablar.

Bueno, yo también puedo constatar, aquí y ahora, que Isaac sabe cómo hablar y me lo demostró ayer cuando los dos fuimos a ver a los subsaharianos que viven cerca de CETI por voluntad propia, porque prefieren estar a sus anchas antes que seguir horarios y normas. Me lo demostró porque, lejos de plantear las preguntas de rigor, por lo que se interesó Isaac fue por los largos trayectos que habían atravesado aquellos muchachos hasta llegar a Melilla. Le gusta escuchar nombres de ciudades y países lejanos, le ayudan a soñar, y él es ante todo un soñador.


Fue así como supimos que Malin, un senegalés de apenas veinte años, llevaba toda su vida queriendo venir a Europa para conocer a una mujer tan guapa como Julia Roberts, debe de creer que aquí todas las chicas se le parecen o sea que ya podéis prepararos, melillensas, porque Malin tiene una mirada de esas que podrían derretir los cubitos de hielo de vuestros gintonics. Para él, la vida consiste en encontrar una mujer perfecta y luego pasar con ella los mejores años de nuestras vidas.

−Ni siquiera creo que sea necesario tener mucho dinero para conseguirlo, sólo hace falta que te quieran mucho. Ojalá lo consiga porque soy muy trabajador y porque tengo buenos músculos aunque ahora apenas los ejercite, en cuanto me vaya de aquí y encuentre un buen trabajo.

Al lado de Malin estaba Undor, un pieza de cuidado, un muchacho que no sabía cómo se lía un cigarro pero sabía a la perfección cómo birlarle la novia a su propio primo. De hecho, Undor nunca se habría venido a Melilla si no fuese porque su primo intentó matarlo cuando se enteró de que había desflorado a su novia. Isaac, más que interesarse por su viaje hasta llegar aquí, le preguntó qué le había pasado a la novia de su primo, a lo cual Undor no quiso responder.

Las historias que encontramos en las chabolas del Cerro no son historias que uno encontraría en las grandes novelas de la cultura occidental, pero son historias que bien merecen abrirse un hueco en nuestra biblioteca, aunque sea en las que tenemos en nuestras cabezas.

Ryszard Kapuściński, fallecido hace unos años, explicaba en su libro Ébano que mientras los occidentales avanzamos gracias a nuestra capacidad para hacer crítica y sobre todo autocrítica, los africanos son diferentes, para ellos cualquier crítica es siempre un signo de discriminación y de racismo, porque arrastran en su interior un montón de complejos, odios, envidias y rencores. En Un día más con vida, el escritor polaco nos recordaba que, poco después de la independencia de Angola, en Luanda ya no quedaba ningún occidental salvo él, porque las facciones que pugnaban por el poder estaban a punto de entrar en la ciudad. Para matar el rato, entró en una librería que estaba vacía y en su interior, al ver silenciosas y cubiertas por el polvo las obras maestras de Balzac, Cervantes o Bocaccio, pensó en la modestia y en la humildad que todo Occidente sentiría si en aquel momento estuviese allí, contemplando de qué servían sus muchos siglos de esplendor cultural y su profundo sentido de la autocrítica.

mundito

Takes III










En las ciudades

El Faro de Melilla
Viernes, 12 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.

EN NUEVA YORK, EN APENAS TRES MANZANAS PUEDES HACER UN VIAJE ALUCINANTE, DE LA OPULENCIA A LA POBREZA. TAMBIÉN EN MELILLA.

Antes de llegar a la carretera de Farhana, es difícil prever lo que vas a encontrarte. Primero pasas al lado de bloques de tres o cuatro pisos que imitan a los grandes edificios del centro de la ciudad, con un estilo más ecléctico que personal, y de pronto te encuentras en un gran descampado que te invita a bifurcarte. Por un lado tienes la posibilidad de ir al barrio de chabolas del Cerro y por otra puedes elegir entre el CETI o el campo de golf, o sea que depende de quién seas para que tomes un rumbo u otro. Como nosotros, en realidad, no somos nada en particular, decidimos que íbamos a ir a todas partes. Y nuestra primera parada fue en el barrio de chabolas del Cerro. Allí nadie salió para recibirnos con los brazos abiertos, pero tampoco nos sentimos especialmente intimidados mientras caminábamos entre sus calles, o lo que fuese. Desde luego, nos dimos cuenta enseguida de que aquello no era ni Times Square ni la Gran Vía de Madrid, pero tampoco una de esas barriadas como el Bronx o Brixton, donde si no eres hispano o negro puedes ir rezando un padrenuestro. Había suciedad por todas partes, sobre todo latas de cerveza y un montón de bolsas de plástico, como si el servicio de recogida de basuras no hubiese pasado por allí en meses, aunque también como si quienes vivían en aquel lugar fueran unos guarretes de mucho cuidado.

 
Charing Cross Road

Rue des Cascades

Burgenstrasse

Después de preguntar a unos cuantos subsaharianos si podíamos hablar con ellos, uno nos condujo a una especie de saloncito donde cuatro muchachos descansaban echadotes sobre viejos sofás que seguramente habían encontrado en algún vertedero. Al vernos, ni siquiera se inmutaron, sólo uno se mostró interesado en nuestras cámaras y en la cantidad que podía sacarnos si hacía un par declaraciones a cámara. Cuando le explicamos que ni éramos millonarios, ni estábamos dispuestos a pagar por la declaración de nadie, perdió interés en nosotros y nosotros en él, por muy jefecillo que fuese de los otros tres. Los otros tres, sin embargo, nos contaron sin problema cómo habían llegado a Melilla desde sus lejanos países. Uno había tardado dos años y medio, el segundo había conseguido saltar la valla de Melilla a costa de varios cortes profundos en sus manos y en sus labios, y el tercero nos dijo que ya casi no recordaba el nombre de algunos miembros de su familia, cómo iba a acordarse de las ciudades y pueblos que había atravesado desde la lejana Somalia.



La información que tenemos en la Península sobre chicos como los anteriores siempre es un tanto confusa. Nos cuentan, por lo general en los periódicos, en los informativos de televisión y en los blogs más comprometidos, que el CETI (el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes) tiene normas inhumanas para los subsaharianos que se alojan allí. Por si fuera poco, nadie puede acercarse a sus inmediaciones sin encontrarse con la policía o el ejército, corriendo además un enorme riesgo, de que le intervengan sus cámaras, de que se las roben, de que le golpeen… En fin. Gracias a Dios, nosotros somos tan temerarios como para poner en duda ese tipo de cosas, y nos acercamos a la puerta de entrada del CETI para ver qué se cocía. Al ver que no nos pasaba nada, hablamos con algunos miembros del servicio de vigilancia, que ni nos pidieron la documentación ni nos dijeron nada al ver que rodábamos, fuera –eso sí- del perímetro a partir de donde uno entra en la zona de seguridad. Intentamos que nos explicasen un par de cosas, a lo que no se negaron aunque quizás nos las explicaron a su manera. Lo que sí pudimos constatar es que en el CETI el tránsito de dentro afuera y de fuera adentro era bastante fluido, bastaba con que los subsaharianos tuviesen una tarjeta para hacerlo. Vimos, incluso, a uno de los muchachos con los que poco antes habíamos hablado en las chabolas del Cerro entrar con cinco bidones de agua vacíos, para repostar y regresar después a la comodidad de sus viejos sofás.

Sin ánimo de parecer que tenemos la última palabra en nada concerniente a Melilla, lo que constatamos hoy es que muchos de los peligros que uno corre en esta ciudad son más imaginarios que reales, y que muchas denuncias por maltrato o trato vejatorio quizás habría que revisarlas, no vaya a ser que algunos subsaharianos prefieran vivir en las chabolas, sin reglas, tal como nos gusta a nosotros mismos movernos por el mundo.

viernes, 12 de agosto de 2011

La Muerte

irm

enterrar a los muertos

Takes II


¿Acaso no matan a los caballos?


Tenemos la última palabra.


La historia del día: Al colchón de mi cama se le salían los muelles. De noche sus tentáculos me abrazaban. Pasé la infancia sobre aquel pulpo.


Un camino a base de desvíos.


Morir al pie de la letra.

Morir en Melilla

El Faro de Melilla
Viernes, 12 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.

LA HISTORIA DE UNA CIUDAD SUELE ESTAR ESCRITA EN SUS CEMENTERIOS, ENTRE NOMBRES Y EPITAFIOS, ADIOSES Y TE RECORDAREMOS SIEMPRES. MELILLA NO ES LA EXCEPCIÓN. EN LAS TUMBAS DE SUS TRES CEMENTERIOS (EL CRISTIANO, EL HEBREO Y EL MUSULMÁN) PUEDE SEGUIRSE EL HILO DE LA HISTORIA CULTURAL Y SOCIAL DE MELILLA, CON SUS ZONAS DE LUZ Y SUS ZONAS OSCURAS.


Una de las primeras cosas que nos preguntamos antes de venir a Melilla, es cómo eran sus cementerios. Antes de conocer a los vivos, nos parece importante interesarnos por los muertos, quizás porque antes de conocer el presente de una ciudad nos apetece dar una vuelta por su pasado. Sabíamos, por ejemplo, que habría algún panteón de estilo modernista; también que algunos paseos estarían flanqueados por cipreses y que los nichos más antiguos, en contra de lo que se podría creer a priori, no eran del siglo XIX sino del XX, del momento en que el Ayuntamiento se planteó los primeros problemas de espacio sin pretender hacer ampliaciones en horizontal y comenzó, hacia 1920, a pensar en vertical. Pero ni yo ni mis compañeros, durante los preparativos de este viaje, reparamos en ciertos imprevistos, como el hecho de que para entrar en el cementerio hebreo tuviésemos que pedir permiso a través del Diputado de Medio Ambiente, José Ángel Calahuí, o que para entrar en el cementerio musulmán tuviésemos que ir allí directamente porque nadie nos cogía el teléfono cuando intentábamos contactar con sus encargados desde España.


El modernismo se mezcló enseguida con el barroco, el neoclásico y algunas construcciones racionalistas. Las tumbas en tierra se sucedían y de pronto se transformaban en enormes lápidas; los espacios abigarrados se continuaban con lugares más diáfanos; el pavimento desembocaba en grava; el gris de la piedra estaba cubierto por el polvo o por las hojas secas de los árboles cercanos, pinos y eucaliptos; amplios paseos, diminutos parterres, cruces rotas, Cristos boca abajo, herrumbre, familiares que renuevan un ramo o reponen una figurilla robada, visitantes, nosotros.

«Encontrar lo que no se busca: eso es lo que le ocurre a uno en los cementerios», asegura Cees Nooteboom. ¿Por qué no «encontrar el lugar de los vivos en el mundo de los muertos», en palabras de W. G. Sebald?

Fueron los franceses, durante la Ilustración, quienes tuvieron la idea de enterrar a los muertos en las afueras de las ciudades. A finales del siglo XIX, los melillenses ya pensaban en esa posibilidad, quizás porque su historia, en los últimos cinco siglos, es una historia absurda pero heroica al mismo tiempo. Cuando por fin se decidieron, la ciudad sufría las consecuencias de defensas numantinas en las que las víctimas habían acabado en fosas comunes, sin nombres, sin fechas, a veces sin cartografiar para que nadie las encuentre jamás. La inauguración del Cementerio de la Purísima Concepción en 1892, hizo que de muy pronto apareciesen las flores y las cruces extendiéndose por todas partes, como si se tratase de un truco de nuestro amigo el mago Cayetano Vela. Ciudadanos ilustres, prohombres, políticos, clérigos, tenderos, albañiles... Ante todo militares, soldados, oficiales, suboficiales y también el pueblo. Al principio se distinguían las zonas, para no mezclar clases sociales, rangos, años de nacimiento, procedencia; poco después esa lógica dejó de existir.

Como la de cualquier cementerio, la historia del cementerio cristiano no sigue un cauce lineal, más bien sigue el cauce de un río lleno de meandros. De ser así, podría considerarse un cementerio acuático, similar al de la isla de San Michelle en Venecia. Su extensión hoy en día es bastante mayor a la que tenía en sus inicios. Mariano, el encargado, aseguraba que aún había espacio suficiente para los próximos 25 años, o sea que los melillense pueden seguir muriéndose en paz, al menos por ahora.


En los cementerios hebreo y musulmán, los datos fueron más imprecisos, quizás porque en el hebreo nos encontramos con cierto pudor por parte de sus encargados, y en el musulmán con el hecho de que el verdadero cementerio musulmán, el de Sidi Ouriech, de hace varios cientos de años, está en territorio marroquí desde 1953 y que el nuevo todavía es demasiado reciente y los muertos allí son tan recientes que todavía no parecen realmente muertos porque sus familiares los visitan casi a diario, para limpiar las tumbas y para regar las plantas que crecen sobre los cadáveres.

cántico

jueves, 11 de agosto de 2011

Viajar, perder ciudades

Takes I


No todo lo que he visto es lo que me habría gustado ver, pero siempre he abierto bien los ojos.


Nos lo vamos a pasar como las ballenas.


La historia del día: "Me matriculé en la Escuela de Bellas Artes pero no me admitieron, mi media en la Selectividad no daba. O sea que me presenté como modelo para los alumnos y entonces no hubo problema. Todo el mundo me pintaba muy aprisa, menos un chico ya mayor. Creí que era ciego o que le gustaba. Aunque le llevaba varias horas terminar, nunca se sentía satisfecho. Luego comencé a trabajar en una cafetería".


Si creéis que vamos a correr más de lo debido, ya podéis esperar que la hierba crezca bajo vuestros pies.



Últimamente he aprendido muchas cosas pero todavía no sé cuáles.

Voces

Más que un tránsito, la travesía en barco a Melilla ha sido un vaivén de palabras.

Making off

El Faro de Melilla
Jueves, 11 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.

Si esto fuera una película, el argumento sería muy simple: cinco amigos, quemados por el sol y el aburrimiento, se van de Guadalajara, en busca de aventuras. El destino parece distante: M-E-L-I-L-L-A. ¿Qué les sucederá allí? Las posibilidades son muchas: cómicas, dramáticas, trágicas, todo depende de ellos y de los secundarios que vayan encontrando en su camino.

Durante una semana en nuestro blog nos hemos dedicado a soñar, a especular, a viajar por Melilla sin salir de Guadalajara. Pero ahora la cosa ha cambiado, ya estamos en Melilla. Bueno, la verdad es que mentimos, aunque sin mala intención, mentimos sólo porque mientras escribimos esto vamos camino de Melilla (aún no hemos llegado ni siquiera a Murcia) y vosotros lo leeréis mañana (es decir, hoy), cuando salga el periódico. Por eso mentimos. Mentimos y nos adelantamos alegremente a los acontecimientos, teniendo en cuenta que esta mañana, al salir de Guadalajara a las seis, en apenas un kilómetro tuvimos que dar la vuelta y cambiar de coche, el que inicialmente queríamos llevar tenía los amortiguadores un tanto desgastados y no era capaz de soportar nuestro peso y el de nuestro equipaje; recordad que somos buenos mozos y que nos gusta la buena vida, y eso al final se acumula en las zonas intermedias. Cien kilómetros después, a bordo de nuestro nuevo vehículo, una de las ruedas traseras reventó en mitad de la autovía. Un pequeño percance que se soluciona con el gato y la rueda de repuesto, lo malo es que nos pilló desprevenidos y con la guardia civil pisándonos los talones.

−¿Ustedes son topógrafos? –nos preguntaron al ver nuestras maletas y mochilas desperdigadas por el arcén, antes de abandonarnos a nuestra suerte y de pedirnos que fuéramos precavidos mientras cambiábamos la rueda al borde mismo de la autovía, donde los camiones rugían con furia, tan fanfarrones como siempre.




En fin, que si queríamos aventuras, las habíamos comenzado a encontrar sin haber puesto un pie en Melilla.

Hace unos minutos pasamos Murcia y en otras dos horas, quizás menos, se supone que estaremos en Almería. Si Dios quiere, a las 16:00 horas cogeremos el ferry y a las 22:45 habremos llegado –esta vez sí− a Melilla.

Si queréis saber más sobre nuestras aventuras y desventuras, no dejéis de visitar nuestro blog y de recomendárselo a vuestros amigos. Nadie se arrepentirá, encontraréis textos, fotos, filmaciones, grabaciones de sonido, entrevistas y por encima de todo a cinco protagonistas (Luis Argeo, Hilario J. Rodríguez, Isaac Begoña, Javier Díez y Cayetano Vela) buscando historias constantemente.