martes, 9 de agosto de 2011

Cartografías

Diario Melilla Hoy
Martes, 09 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.


Si los datos son correctos, fue en 1923 cuando el Real Instituto Geográfico Británico acabó de cartografiar la colonia de Costa de Oro, que hoy en día forma parte de Ghana junto al antiguo imperio de Ashanti y una pequeña franja de lo que hace algo menos de un siglo llamábamos Togolandia y que ahora conocemos simplemente como Togo. Pese a que algunas zonas resultaban casi inaccesibles, por culpa de la orografía y la selva envolviéndolas, se hicieron mediciones tan exhaustivas como para hacernos sudar sólo de pensarlo. Podemos imaginar a un grupo de hombres de una flemática determinación abriéndose paso a través de la espesura, después de que varios africanos, a golpe de machete, hubiesen abierto un camino entre ceibas, caobas y cedros, donde las hienas, los lémures y los leopardos, también las cobras, las pitones y las víboras cornudas, acechaban. No, no resultó una tarea sencilla. Además de los peligros tangibles, de los ataques y las mordeduras, estaban la fiebre amarilla o la malaria, un catálogo de enfermedades no apto para hipocondríacos. Eso por no hablar del calor sofocante, de la humedad, de la falta de agua potable… Y tantos y tantos imponderables. Cada jornada de trabajo duraba una eternidad, de ahí que todo el mundo quisiera acabar cuanto antes con aquellas engorrosas responsabilidades, absurdas en la mayoría de los casos porque ¿a quién le importaba realmente conocer al dedillo una parte del mundo tan impracticable? Un grupo de expedicionarios debió de entenderlo así cuando, a punto de regresar a su campamento para reponerse de un día durísimo, se dio cuenta de que atrás dejaban una pequeña colina adonde aún no habían llegado y quedaba pendiente de ser medida.

−No os preocupéis –dijo entonces uno de los miembros de la expedición−, acabaremos el trabajo más tarde, mientras brindamos con scotch y soda.

Al llegar a su tienda de campaña, sin siquiera haberse mudado de ropa, dibujó la silueta de un elefante sobre una cartulina, la recortó, la colocó en la parte del mapa de la zona donde se suponía que estaba la colina y trazó sus contornos. Seguramente era la única colina del mapamundi con forma de paquidermo, todavía sigue siéndolo si deseamos comprobarlo en el ángulo noroeste de la página 17 de la serie cartográfica 1:62,500 publicada por el Real Instituto Geográfico Británico bajo el título Africa: Costa de Oro, según lo cuenta Alberto Manguel en el prólogo de la Guía de Lugares Imaginarios.

La vista aérea de la ciudad de Melilla no desvela ninguna forma determinada, ni la de una sonrisa ni la de una mordedura, tampoco la de una mujer insinuante, tan sólo permite ver el perímetro que cubre la valla que la rodea y, prestando buena atención, la forma geométrica de sus fortines. Sabemos que antes de llamarse Melilla, la ciudad −que pasó por las manos de los fenicios, los cartagineses, los romanos o los omeyas, hasta que la conquistaron los españoles− se llamó Metagonium (que parece el nombre de un planeta distante, cuyos habitantes se llamaban metagonitas), Akros, Rusaddir y finalmente Melilla. Su historia desde hace unos cinco siglos tiene algo de kafkiano porque no ha dejado de estar relacionada en todo momento con las fortalezas, los baluartes, las murallas o las alambradas, ingenios propios de la arquitectura militar, apoyada en inverosímiles cálculos logísticos, geométricos y trigonométricos que a un profano como yo lo dejan fuera de juego enseguida. La constante amenaza de enemigos turcos, piratas y sultanes ha obligado a realizar obras cada vez más sólidas pero quizás también menos efectivas, sobre todo ahora que el peligro militar parece haberse disipado y ninguna de esas construcciones colosales de antaño sirve de mucho para frenar la llegada de inmigrantes. Tampoco sirven de mucho para frenar la llegada de turistas (y nos incluimos en el saco) que pueden dar una forma equivocada −la de un elefante− a una ciudad como Melilla.

lunes, 8 de agosto de 2011

De Senegambia a Melilla

Diario Melilla Hoy 
Lunes, 08 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.


A comienzos de julio hice un viaje a Gambia y Senegal con mi hijo, de trece años. Era la primera vez que íbamos al África Subsahariana, esa cuyos habitantes a menudo intentan ganar las costas de Melilla a nado o en una lancha de juguete, cuando no saltando la valla que separa la ciudad de Marruecos.

Se dice que en África, desde hace siglos, las tribus se desplazan de un sitio a otro cada cierto tiempo, en caso de necesidad, aquejadas por la hambruna, por la sequía o por guerras en las que llevan las de perder. Nadie puede estar seguro, por tanto, de que los mandinga o los wolof sean oriundos de Gambia o Senegal pese a ser las etnias más numerosas en ambos países, pudieron llegar de cualquier otra parte y algún día puede que no habiten más aquellas tierras. En estos momentos 3.000 somalíes cruzan a diario las fronteras de Kenia y Etiopía huyendo de la hambruna, también hay conflictos en Sudán, Yemen o Costa de Marfil, y no digamos en Libia, Túnez, Egipto o Siria, un conjunto de situaciones desventajosas para mucha gente en movimiento, camino de Melilla o de Dios sabe dónde.


Gambia y Senegal son países muy calurosos, polvorientos e incómodos, donde a veces dar dos o tres pasos bajo el sol del mediodía nos recuerda las palabras de Cesare Pavese cuando aseguraba que viajar es una atrocidad. Sin embargo, allí la gente actúa un poco como aquí: hay quienes están quietos y se hunden poco a poco, y hay quienes se ponen en marcha porque los remolcadores los han abandonado. La gran mayoría prefiere moverse aunque no resulte fácil. Para llegar a Melilla, sin ir más lejos, los subsaharianos, sean de Gambia o de Senegal o de cualquier otro país, se agrupan en Mali, donde las mafias los guían hasta el sur de Argelia, para cruzar después a Marruecos por el paso de Oujda. Cubrir todo ese trayecto a veces les lleva varios meses.

Durante siglos, los subsaharianos han estado yendo de acá para allá, y aún hoy parece que lo único que han hecho es pedalear en una bicicleta estática. Pero todo esto quizás es una falsa impresión y en realidad ya no están donde estaban. Quizás están cada vez más cerca o más lejos, quizás se nos acercan o se alejan de nosotros, es imposible decidir al respecto. Un poco ingenuamente, durante una semana mi hijo y yo los hemos seguido hasta donde nos permitían las fuerzas, y nos hemos asombrado al ver que cuando nosotros nos íbamos a dormir cada noche, ellos seguían su marcha. Mis sueños, en aquellas noches de plomo, eran simples y extraños al mismo tiempo: atravesaba sabanas, bosques de baobabs, reservas, ríos, cruzaba el mar en ferrys atestados, hacía rutas en todoterrenos, exploraba junglas tupidas como los barrocos bordados de nuestras abuelas (que no sabían cómo matar el tiempo) y finalmente llegaba a la falda de una altísima montaña, acaso el Kilimanjaro, donde se suponía que me aguardaba algo, un misterio, un contacto, no sé, el caso es que acampaba allí y esperaba, con paciencia a veces, impaciente también, y a la mañana siguiente, sin saber bien qué me había sucedido, si es que me había sucedido algo, reemprendía la marcha, en sentido contrario.

Nunca he entendido esas películas africanas en las que un grupo de exploradores atraviesa un territorio lleno de peligros, en busca de las minas de rey Salomón, y que acababan justo cuando el grupo, mermadísimo porque en el camino a alguno se lo habían tragado las arenas movedizas o lo había devorado un imponente león o terminaba en la cacerola de una tribu de pigmeos, llegaba a su destino y conseguía sus propósitos, que no era ni el oro ni la gloria sino una rubia insólita en aquel paisaje agreste y malencarado. Nunca las he entendido porque notaba que a esas películas les faltaba algo: por ejemplo, el camino de vuelta. ¿Es que a la vuelta no se iban a encontrar los mismos peligros que a la ida? ¿Es que ya no moriría ninguno más porque al fin habían aprendido algo que los protegería en adelante?

Me hago todas estas preguntas absurdas no por el rigor con el que hoy calienta el sol en Guadalajara sino porque ahora mismo, mientras espero impaciente a que llegue el miércoles (cuando por fin nos iremos a Melilla), no sé si nuestro viaje es de ida o de vuelta.

camino de Melilla o de cualquier otra parte





















domingo, 7 de agosto de 2011

Sin salir de casa


Si quieres ir conociendo nuestros planes, pincha aquí

Imaginar Melilla

Diario Melilla Hoy 
Domingo, 07 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.

Mike Tyson -el boxeador que le mordió la oreja a Evander Holyfield porque no conseguía tumbarle con sus golpes- decía que «todo el mundo tiene un plan hasta que recibe la primera hostia». La hostia que recibimos nosotros en cuanto comenzamos a preparar nuestro viaje a Melilla fue contundente, nada de lo que habíamos previsto se ajustaba a las expectativas. Demasiados barrios, demasiadas calles que recorrer, demasiados edificios, demasiada gente… Si queríamos ser exhaustivos, ya podíamos ponernos a trabajar. Ahora que hemos hecho parte de nuestros deberes, en caso de que tuviésemos que recomendar a alguien una ciudad para ir de vacaciones con su familia, le diríamos que fuese a Melilla, seguramente uno de los lugares menos conocidos y menos reivindicados del planeta.



Aunque nosotros vamos allí en busca de diversión, aventuras y conocimiento, en muchos momentos es posible que nos sintamos incómodos e incluso asustados. Eso, sin embargo, no tiene por qué ser necesariamente malo. Sé que cuando viajamos no queremos entrar en contacto con nada que pueda poner en peligro nuestra frágil identidad, pero a veces hay que aceptar un poco de riesgo si uno quiere combinar el turismo y la cultura, no sólo podemos buscar una prolongación de nosotros mismos en los lugares adonde nos desplazamos durante las vacaciones, que es lo que hace la inmensa mayoría de la gente, necesitamos arriesgar.

Una de las exposiciones que más me han emocionado a lo largo de mi vida la vi en el Dahesh Museum of Art de Nueva York en 2005. Se titulaba «First Seen» (Vistos por primera vez) y consistía en una serie de fotografías tomadas en diferentes partes del mundo entre 1840 y 1880. En aquellas imágenes se mezclaban gentes de Ceilán, Sudán, Corea, Polinesia, Norteamérica o España, dando un repaso a casi todas las razas, sociedades, religiones y clases sociales. A menudo se establecían contrastes, colocando a occidentales al lado de indios navajos o aborígenes australianos. Bastaba con observar los rostros para dejar volar la imaginación y escribir largos tratados de antropología o etnografía; la ropa, la actitud y la pose conducían a otros detalles, hasta retratar de esa manera un pueblo entero, una cultura. Incluso los paisajes resultaban fáciles de perfilar, aunque al mismo tiempo me pareciesen muy distantes.

Como yo mismo soy aficionado a la fotografía, pensé en seguida en los azarosos viajes que se tuvieron que emprender para tomar los daguerrotipos de la exposición, cuyos autores eran en la mayoría de los casos desconocidos o anónimos (¿habría muerto alguno intentando fotografiar a un zapoteca o a un inui?). También pensé que antes las imágenes había que ir a capturarlas y que en la actualidad ya todas parecen capturadas. Algo así me hizo pensar que ahora muchas imágenes pueden generarse desde un ordenador, sin necesidad de que quienes las realizan se desplacen en absoluto. Eso no quiere decir que haya dejado de haber fotógrafos que entienden su profesión como una forma de experiencia que requiere viajar, cubrir largas distancias para entrar en contacto con culturas distintas y de ese modo contrastar realmente la identidad propia con la de otros pueblos; lo que quiere decir es que cada vez se arriesga menos, se han sintetizado tanto ciertas cosas que éstas han acabado perdiendo su significación, su auténtico valor, el aliento épico que necesita todo proceso de aprendizaje. Hoy en día, por si fuera poco, distinguir entre imágenes falsas y verdaderas se ha vuelto muy difícil, más que nada porque da la sensación de que cualquiera podría hacerlas en cualquier parte.

Nosotros –no volveremos a repetirlo- sólo vamos en busca de imágenes verdaderas y útiles de la ciudad de Melilla, imágenes en las que todos los melillenses y quienes no lo son puedan verse reflejados y de las que puedan extraer algo positivo. ¿Lo conseguiremos?

sábado, 6 de agosto de 2011

Antón Castro en Melilla

Mi PADRE Y MELILLA
Antón Castro


En su diario personal En saco roto, Juan Domínguez habla de la fascinación que siente por Melilla, una ciudad en la que ha estado tres veces y donde se le multiplican los amigos y las curiosidades. Truman Capote era uno de los que creía que entre cualquiera de nosotros y el presidente de los Estados Unidos hay un eslabón más o menos complejo de cinco personas. Y a mí me ocurre algo curioso con lugares donde nunca he estado: me bautizaron por poderes en Montevideo y en Santa Mariña de Lañas, un vendedor de radios me hizo creer que en Lubljana sabían que yo les estaba escuchando cuando caía la noche, y mi padre me llenó la cabeza de historias de los 40 en Melilla. Allí hizo el servicio militar tres años con su uniforme de galán de cine, con algún parecido creía yo a Tyrone Power, y allí libró una pelea con un campeón vasco de boxeo. Mi padre marchó a servir a los ocho años a una casa donde había un loco que gritaba desde el establo en que lo habían confinado, y ya no volvió a vivir con sus padres. La estancia en Melilla le daba para evocar olores, sabores y nostalgias. En mi niñez y adolescencia, yo abría el álbum de fotos familiar y contemplaba las dos instantáneas que le habían hecho en la ciudad. Hace poco, cuando Melilla era ya una ciudad legendaria de estas páginas gracias a J. D. L., en una madrugada de hospital junto al mar, mi padre volvió a hablarme de Melilla y me reveló algo que jamás había dicho: su verdadera ocupación consistió en cuidar de siete vacas y de ordeñarlas porque daban la leche para la tropa. En el fondo, es lo que había hecho de niño: pastorear vacas, voltear el arado e imaginarse que algún día volvería a casa de sus padres como el hijo pródigo para quedarse entre sus seis hermanos.

Publicado anteriormente en http://antoncastro.blogia.com/

Hamed



Hamed by Melillamelilla Melilla

¿Por qué queremos hacer turismo en Melilla?

Diario Melilla Hoy 
Sábado, 06 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.

Foto de cuatro de los viajeros peninsulares que llegarán a Melilla para vivir su interesante iniciativa.- Son Hilario, Isaac, Luis y Javi, que llegarán junto con Cayetano a la ciudad el próximo 11 de agosto

Hace unos años a Luis Argeo, que -además de cineasta- es escritor de guías de viaje, le pidieron que escribiese un texto sobre Melilla. Las instrucciones consistían en que se ajustase a una extensión concreta (de unas 1.000 palabras, más o menos) y que cumpliera un plazo (de uno o dos días). Eso fue todo, no hubo consignas sobre cuál debía ser el enfoque ni sobre la posible imagen que se quería dar de un sitio tan recóndito para nosotros, los peninsulares. Y Luis se puso manos a la obra, tan voluntarioso como es, describiendo magistralmente la ciudad, sus tres culturas, sus columnas fenicias, su paseo marítimo, su animada vida social… No quería dejar ningún aspecto importante fuera del estrecho margen concedido, es lo que tiene ser un profesional en ciertas cosas. Pero, en realidad, Luis jamás había estado en Melilla y en aquel momento tampoco era muy probable que fuera a ir allí en el futuro; su única fuente de información fue wikipedia y los tres o cuatro detalles que todos sabemos sobre casi todo. Al cumplir el encargo, la gente que le había contratado no sólo le pagó, también le felicitó. Si hubiera sido un concierto de música de cámara, los aplausos habrían resultado atronadores.

Ya ha pasado tiempo desde aquella impostura y ahora Luis ha decidido reparar la cuestión, repararse, hacernos pensar a quienes pudiésemos caer en una práctica semejante. Nunca es tarde a no ser cuando es demasiado tarde, y todavía no lo es. De ahí que, cuando pensábamos conjuntamente en qué hacer este verano con nuestras vidas, él propusiera un viaje a Melilla para comenzar allí un nuevo tipo de turismo, más activo, más sincero, desplegando en él cuanto la tecnología pone a nuestro alcance, para ver hasta dónde se podía llegar. Íbamos a aunar fuerzas, las fuerzas de la escritura y el cine, en busca de un objetivo común. Yo (Hilario J. Rodríguez) dije que sí enseguida, quizás porque siempre me han gustado las películas de espías tipo Misión imposible y porque vivo en una ciudad (Guadalajara, no en la de Jalisco sino en la de Castilla-La Mancha) donde me gustaría formar una plataforma ciudadana que se llame POSIBLE. Lo malo es que nuestro ejército era tan pequeñito que difícilmente seríamos capaces de llevar a cabo la empresa sólo por nosotros mismos. Fue entonces cuando apareció Francisco Javier Díez López, alias Javi, un profesor de Medios Informáticos experto en experimentos sonoros, que se decidió a acompañarnos para registrar los sonidos de Melilla: los del silencio en la antigua vía férrea, los de los camiones de recogida de basuras, los de la animación juvenil en los pubs de moda y de las conversaciones en las terrazas del Barrio Real, los de las llamadas del muecín o almuédano, y en general lo de cuanto se ponga a nuestro alcance. Después de él vino Isaac Begoña Ortiz (cuyo nombre yo pronuncio “Aisac” porque nos conocimos en Chicago y porque ya nunca me he acostumbrado a pronunciar en correcto castellano), un fotógrafo, ajedrecista y DJ ocasional con quien el tiempo se pasa más aprisa y mejor porque es de esos amigos que nunca te fallan y que continuamente añaden sugerencias, mejoran tus ideas y te contagian su buen estado de ánimo (en fin, que es cualquier cosa menos un coñazo). Y, por último, incorporamos al grupo a Cayetano Vela López, un mago, un experto en trucos que sabe engañar a la vida con sus cartas sacadas de la manga y con su chistera, dispuesto esta vez a interactuar con los melillenses, proporcionando un poquito de esa felicidad que a menudo resulta tan elusiva.

Filmaremos, entrevistaremos, fotografiaremos, entretendremos, grabaremos y escribiremos hasta el límite de nuestras fuerzas. El día 10 salimos de Guadalajara a las seis de la mañana y llegaremos a Melilla a las 11 de la noche. A partir de ese momento, la ciudad estará a nuestra disposición y nosotros estaremos a disposición de la ciudad.

Hemos abierto un blog en el que iremos colgando todos los materiales (de hecho, ya hemos comenzado a colgar cosas):

En él, aceptaremos vuestras sugerencias y os propondremos que sigáis nuestra aventura, que no es otra que dar forma a lo que desde aquí parece «tan lejos, tan cerca».

Buscamos la ciudad que a diario se despierta y luego se va a dormir

Viernes, 05 de Agosto de 2011 07:50 , Dori Nuñez


Hilario J. Rodríguez y otros cuatro compañeros visitarán la ciudad con el objetivo de conocer de cerca todas las realidades que envuelven a los ciudadanos de este lejano y pequeño rincón de España.

Hilario J. Rodríguez es un escritor y periodista que el próximo 10 de agosto comenzará un viaje junto a otros cuatro compañeros: Luis Argeo, Javier Díez, Isaac Begoña y Cayetano Vela, con el objetivo de conocer la ciudad y descubrir la realidad social de Melilla. Desde sus cementerios, sus mercados o sus fronteras, hasta el puerto y las playas, todos los aspectos culturales serán observados por estos aventureros que además dejarán constancia de sus experiencia en este periódico y en un blog.

–¿Quiénes componéis este grupo?

–Un escritor, un joven mago, un documentalista, un artista sonoro y un ajedrecista llegado de Chicago emprendemos juntos y sin conocernos un viaje a Melilla por el mero placer de pasar unas vacaciones activas en un lugar tan exótico como cercano y asequible. Lo de las vacaciones activas tiene que ver con nuestra forma de viajar, con cámaras de vídeo y fotográficas, grabadores de sonido, portátiles o mesas de edición minúsculas. Cada día iremos añadiendo entradas en un blog creado para la ocasión:


Somos cinco personas que unen sus fuerzas, primero para ver si podemos aguantarnos y viajar juntos durante casi diez días, y segundo para perseguir un objetivo común, Melilla, pero no la Melilla de las tres, cuatro o cinco culturas, tampoco la del narcotráfico o la de la inmigración, huimos del aburrimiento y de los bostezos; buscamos una Melilla menos pretenciosa, la ciudad que a diario se despierta y luego se va a dormir, la de la peluquera y el panadero, la que no se parece a ninguna otra y, sin embargo, es igual a las demás.

– ¿Qué nos puede contar de cada uno de los componentes de este grupo?

–Luis Argeo es el alma mater del proyecto, un cineasta asturiano que sabe dónde poner el ojo y cómo buscar la mejor perspectiva. Javier Díez le sigue de cerca con sus ideas, dando forma a lo que todavía no la tiene, descubriendo significados ocultos, un lujo. Isaac Begoña podría pasar por el DJ del grupo, no sólo porque pone la música que escuchamos mientras vamos de un sitio a otro, sino también porque posee una sonrisa irresistible y contagiosa que nos hace bailar al son que él quiera. Cayetano Vela hace trucos de magia, saca cartas de la manga y pañuelos de la boca, pone la nota de imaginación que siempre necesita la realidad para ser un poquitín más tolerable.

– ¿Cuál fue el origen de la idea que rodea el viaje que realizaréis el próximo 10 de agosto hacia la ciudad?

– Luis Argeo y yo llevábamos varios años intentando colaborar, un cineasta y un escritor, para ver de qué manera podíamos sacar más rendimiento a la literatura y al cine uniendo nuestras fuerzas. Este año teníamos previsto hacer un viaje a Estados Unidos, un país en el que hemos vivido mucho tiempo y que conocemos bastante bien, pero al final como era el primer paso para futuros proyectos nos dimos cuenta de que era muy caro y demasiado ambicioso. Teníamos que hacer algo más cercano a nosotros y a nuestra cultura. Así se nos ocurrió que teníamos que buscar una ciudad desatendida, poco conocida. Melilla, aunque sea muy mencionada, es poco conocida porque siempre se habla de ella por cosas que no la representan en su totalidad. Ese fue, básicamente, el motivo que nos decidió a ir allí. Es un punto al que nadie presta atención y nosotros queremos recuperarlo.

– ¿Cómo se ha incorporado al resto de los componentes de equipo a este proyecto?

–Dado que íbamos a necesitar la ayuda de muchos melillenses para llevar a cabo nuestro trabajo, pensamos en la posibilidad de llevar a un mago con nosotros, que en la península está teniendo mucho éxito. Nos servirá de carta de presentación para las reuniones con las asociaciones de vecinos. También nos dimos cuenta de que, además de poner el cine y la literatura al servicio de nuestro proyecto, teníamos que activar el mayor número posible de sentidos y nos daba la sensación de que necesitábamos el sentido táctil y auditivo. Por eso acudimos a Javier que es un artista conceptual, un fiera. Luego necesitábamos un apoyo de un buen fotógrafo que además es ajedrecista, Isaac Begoña (il miglior fabbro). Así, cuando algo no funcione desde una perspectiva tendremos a otras cuatro personas para añadir una nueva y hacerlo mejor.

– ¿Cuáles son los lugares de Melilla que vais a visitar?

– Vamos a hacer recorridos continuos por la valla, pero nos interesa mucho la antigua vía férrea, el trazado del río, y nos interesa muchísimo acompañar a los trabajadores comunes, peluqueros y panaderos, cualquiera que se ponga a nuestro alcance. Ahora mismo aún seguimos intentando contactar con la compañía de recogida de basuras para seguir a uno de sus camiones durante parte del trayecto que realiza cada día. También vamos a hablar con taxistas y con él vamos a recorrer trayectos que normalmente no hace un turista que va a ver la ciudad. Los cementerios son otro lugar que nos interesa. En una sociedad como la melillense, que es tan compleja por la integración de tantas culturas, queremos ver la forma que tiene la gente de honrar a sus muertos y la forma que tiene de guardar la memoria de las personas desaparecidas. Además, tenemos dos bazas a nuestro favor, como son la Semana Náutica y el mes de Ramadán, una ocasión de oro para analizar nuestra relación con la comunidad musulmana.

–El viaje comienza el 10 de agosto en Guadalajara, pero ¿ya estáis haciendo entrevistas?

– Sí. Hemos comenzado a interesarnos por saber si donde vivimos hay una proyección de Melilla, y sí que la hay, la hay -de hecho- allá donde mires. Igual que los gallegos están en todas partes, igual se podría decir de los melillenses. No hace mucho, sin ir más lejos, hemos entrevistado a Enrique, un profesor de la Escuela de Arte de Guadalajara, que dio clases en la Escuela de Arte de Melilla desde su inauguración, durante diez años.

jueves, 4 de agosto de 2011

¿Quiénes somos?

Un escritor, un joven mago, un documentalista, un artista sonoro y un ajedrecista llegado de Chicago emprendemos un viaje a Melilla juntos y casi sin conocernos, por el mero placer de pasar unas vacaciones activas en un lugar tan exótico como cercano y asequible. Lo de las vacaciones activas tiene que ver con nuestra forma de viajar: con cámaras de vídeo y fotográficas, grabadores de sonido, portátiles, minúsculas mesas de edición, baraja de cartas… Cada día iremos añadiendo entradas en este blog creado para la ocasión:

Somos cinco personas, cinco, uniendo nuestras fuerzas, ánimos y deseos. Primero para ver si podemos aguantarnos y viajar juntos durante casi diez días, y segundo para perseguir un objetivo común: conocer Melilla. Pero no la Melilla de las tres, cuatro o cinco culturas, tampoco la del narcotráfico o la de la inmigración, huimos del aburrimiento y de los bostezos; buscamos una Melilla menos pretenciosa, la ciudad que a diario se despierta y luego se va a dormir, la de la peluquera y el panadero, la que no se parece a ninguna otra y, sin embargo, es igual a las demás. Incluso durante el Ramadán.



Luis Argeo es el cineasta mater del proyecto, un alma asturiana que en ocasiones sabe dónde poner el ojo y cómo buscar la perspectiva apropiada. Javier Díez le sigue de cerca con sus ideas, dando forma a lo que todavía no la tiene, descubriendo significados ocultos en todo tipo de sonidos, un lujo. Isaac Begoña podría pasar por el DJ del grupo, no sólo porque pone la música que escuchamos mientras vamos de un sitio a otro sino también porque posee una sonrisa irresistible y contagiosa, incluso cuando en una partida de ajedrez te hace un jaque mate. Cayetano Vela es el hombre de los trucos de magia, saca cartas de la manga y pañuelos de la boca, pone la nota de imaginación que siempre necesita la realidad para ser un poquitín más tolerable. E Hilario J. Rodríguez nos acompaña para fijar por escrito lo que nos suceda a todos; él pone el coche, aunque todavía no tenga carné.

La aventura comienza el día 10 de agosto.