miércoles, 17 de agosto de 2011
los chicos están bien
No, hoy no vamos a hablar sobre las excelencias turísticas de Melilla, ni sobre la inmigración, ni sobre la muerte, ni sobre la Semana Náutica; hoy nos vamos a callar un poquito para no herir sensibilidades.
Shut Up & Sing (2006, Barbara Kopple y Cecilia Peck), que literalmente significa Cierra el pico y canta, es un documental que gira en torno a las desastrosas consecuencias que tuvieron unas declaraciones de la cantante de Dixie Chicks en las que criticaba a George W. Bush a poco de comenzar la invasión de Irak. Después de aquello, muchas emisoras de radio decidieron boicotear al grupo y no poner sus canciones; también hubo gente que exigió en tiendas de música que recogiesen CDs de ellas que habían comprado con anterioridad. Aunque pocos meses más tarde Dixie Chicks volvieron a recuperar la popularidad en Estados Unidos, coincidiendo con el desplome de la popularidad del presidente, las integrantes del grupo tuvieron que enfrentarse a una enorme presión mediática y a la hostilidad de sus conciudadanos, como si realmente hubiesen cometido un crimen. Sin embargo, el único crimen que cometieron fue hacer valer la libertad de expresión, para equivocarse o para no hacerlo, para que sus palabras resultasen más o menos agradables a oídos de los demás, eso da igual. Una situación así, que sólo parecía posible en la América de Bush, se da asimismo en otras partes del mundo.
Sé que lo anterior no significa demasiado para quienes seguís nuestro blog o para quienes hasta ayer nos leías en los periódicos de Melilla, pero para mí y para mis compañeros tiene especial relevancia porque ahora mismo nos vemos incapaces de escribir nada sobre lo que acabamos de ver y escuchar en algunas partes de esta ciudad. Hemos dado nuestra palabra de que, además de vídeos y pistas de sonidos, quizás también alguna foto (pero no todas las que hicimos), no íbamos a publicar una sola palabra en la prensa. Y así se hará. Estemos o no de acuerdo, nuestra palabra también es de ley. Sin embargo, nos gustaría dejar claro que disentimos, que nos parece injusto que a la amabilidad y la cortesía debida entre ciudadanos, sean civiles o militares, se pueda exigir un pago tan alto como el silencio.
Somos conscientes, pese a todo, de que posiblemente lo que pudiéramos haber dicho sería innecesario o bobo o injusto.
Durante la guerra de Vietnam, Susan Sontag aceptó una invitación a Hanoi pese al descrédito que luego le traería en su propio país. A raíz de aquel viaje, escribió una de sus piezas más decepcionantes, en la que al principio describía sus intenciones de denunciar las acciones imperialistas de Estados Unidos y progresivamente iba desinflándose, a medida que descubría, con una profunda decepción, lo mucho que echaba de menos a sus amigos neoyorquinos y lo ingenuos que encontraba a sus guías vietnamitas, con quienes no podía hablar ni de literatura, ni de cine, ni de filosofía… Sin saberlo, ella misma cayó en una forma de imperialismo, sólo que de tipo cultural, no militar.
No sé si nosotros ahora deberíamos estar contentos porque ya no vamos a correr los riesgos que corrieron los miembros del grupo Dixie Chicks o Susan Sontag, de lo que estoy seguro es de que en la piscina, haciendo el canelo, nos lo vamos a pasar mucho mejor que escribiendo un sesudo artículo en torno al ejército en Melilla.
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martes, 16 de agosto de 2011
una sonrisa para Europa
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perder el autobús
Melilla Hoy
Martes, 16 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.
LO FÁCIL SIEMPRE ES HABLAR SOBRE NUESTROS VECINOS, DECIR SI SU VIDA ES MEJOR O PEOR, MIENTRAS NUESTRAS PROPIAS VIDAS QUIZÁS VAYAN A LA DERIVA. POR ESO HOY NO VAMOS A UTILIZAR ARGUMENTOS U OPINIONES CONTUNDENTES, SINO TAN SÓLO UNAS CUANTAS OBSERVACIONES, CON LA ESPERANZA DE QUE HAGAN PENSAR A LA GENTE.
Un marroquí que me presentaron en Madrid me dijo que:
−Después de vivir muchos años en Melilla, he aprendido que aquí da igual si lo tienes todo, porque es imposible disfrutar de la vida.
Aunque la anterior resulta una afirmación bastante excesiva, sobre todo viniendo de alguien que se fue a vivir aquí de forma voluntaria, seguramente tiene un porcentaje de verdad. Para quienes observamos esta ciudad desde afuera, nos cuesta imaginar un paisaje idílico tanto en Melilla como en cualquier ciudad de Marruecos. Sin embargo, no vamos a tratar de analizar las causas, que seguramente no acabaríamos de entender jamás, y nos vamos a centrar en el problema de las fronteras que dividen allí a las personas, que no sólo son terrestres, políticas, militares o religiosas, sino también sociales, laborales, generacionales o lingüísticas.
Los problemas entre varios pueblos pueden comenzar con la distribución hidrológica en una zona donde el agua es un bien preciado y al mismo tiempo demasiado escaso o con sus accesos a las rutas comerciales. El acceso al mar desde Melilla, sin ir más lejos, es un tema peliagudo, sobre todo cuando te cuentan que aquí esta ciudad carece de aguas jurisdiccionales y que Marruecos permite navegar a los barcos españoles siempre que, además de la española, lleven la bandera marroquí.
La sociedad melillense, además de tener una relación muy sui géneris con sus vecinos marroquíes, es una meta para muchos marroquíes que buscan mejores condiciones de vida. Hasta cierto punto, podría decirse que Melilla, de algún modo, juega un papel similar al de Estados Unidos con respecto a muchos países latinoamericanos.
Para mí y para mis compañeros ha sido muy difícil encontrar una vía de acceso para hablar sobre fronteras aludiendo a las de Melilla, por eso finalmente hemos decidido abstraernos un poco en lugar de expresar argumentos sólidos, algo así podría propiciar que vosotros, lectores, toméis lo que os presentamos en nuestro blog de muchas maneras, aunque resulta obvio que las sobreimposiciones de imágenes, texto y sonidos que intentamos hacer tienen como objeto crear un ambiente visual y acústico de tipo babélico, que tiene mucho que ver con nuestra sensación en esta ciudad −donde hay un gran número de personas de distintas nacionalidades− y con el posible futuro que le aguarda a Melilla. También tiene que ver con el futuro del mundo, cuyas fronteras se muestran cada vez menos capaces de mantener a los pobres a un lado y a los ricos al otro.
Martes, 16 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.
LO FÁCIL SIEMPRE ES HABLAR SOBRE NUESTROS VECINOS, DECIR SI SU VIDA ES MEJOR O PEOR, MIENTRAS NUESTRAS PROPIAS VIDAS QUIZÁS VAYAN A LA DERIVA. POR ESO HOY NO VAMOS A UTILIZAR ARGUMENTOS U OPINIONES CONTUNDENTES, SINO TAN SÓLO UNAS CUANTAS OBSERVACIONES, CON LA ESPERANZA DE QUE HAGAN PENSAR A LA GENTE.
Un marroquí que me presentaron en Madrid me dijo que:
−Después de vivir muchos años en Melilla, he aprendido que aquí da igual si lo tienes todo, porque es imposible disfrutar de la vida.
Aunque la anterior resulta una afirmación bastante excesiva, sobre todo viniendo de alguien que se fue a vivir aquí de forma voluntaria, seguramente tiene un porcentaje de verdad. Para quienes observamos esta ciudad desde afuera, nos cuesta imaginar un paisaje idílico tanto en Melilla como en cualquier ciudad de Marruecos. Sin embargo, no vamos a tratar de analizar las causas, que seguramente no acabaríamos de entender jamás, y nos vamos a centrar en el problema de las fronteras que dividen allí a las personas, que no sólo son terrestres, políticas, militares o religiosas, sino también sociales, laborales, generacionales o lingüísticas.
La sociedad melillense, además de tener una relación muy sui géneris con sus vecinos marroquíes, es una meta para muchos marroquíes que buscan mejores condiciones de vida. Hasta cierto punto, podría decirse que Melilla, de algún modo, juega un papel similar al de Estados Unidos con respecto a muchos países latinoamericanos.
Para mí y para mis compañeros ha sido muy difícil encontrar una vía de acceso para hablar sobre fronteras aludiendo a las de Melilla, por eso finalmente hemos decidido abstraernos un poco en lugar de expresar argumentos sólidos, algo así podría propiciar que vosotros, lectores, toméis lo que os presentamos en nuestro blog de muchas maneras, aunque resulta obvio que las sobreimposiciones de imágenes, texto y sonidos que intentamos hacer tienen como objeto crear un ambiente visual y acústico de tipo babélico, que tiene mucho que ver con nuestra sensación en esta ciudad −donde hay un gran número de personas de distintas nacionalidades− y con el posible futuro que le aguarda a Melilla. También tiene que ver con el futuro del mundo, cuyas fronteras se muestran cada vez menos capaces de mantener a los pobres a un lado y a los ricos al otro.
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lunes, 15 de agosto de 2011
takes V
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semana náutica
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¿te acuerdas de cuando éramos capitanes de quince años?
"Elle est retrouvée-quoi?-L'Eternité C'Est la mer allée avec le soleil" A. Rimbaud
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¿qué es una nave golondrina?
El Faro de Melilla
Domingo, 14 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.
EN MELILLA UNO DEBE HACER UN CURSO INTENSIVO PARA APRENDER CIERTAS COSAS. NOSOTROS HICIMOS EL NUESTRO AYER, PARA APRENDER QUÉ ES UNA NAVE GOLONDRINA Y CÓMO SE LO PASA LA GENTE DURANTE LA SEMANA NÁUTICA.
−¿Qué demonios es una nave golondrina? –nos preguntábamos los dos por lo bajo, sin que nadie más se diese cuenta, para que así nadie pudiera pensar que éramos marinos inexpertos.
La verdad es que bastaba con echarnos un vistazo para darse cuenta de que era nuestra primera experiencia en un brete de tal magnitud. Yo, por ejemplo, llevaba botas de trekking, pantalones largos y una camisa de Pull and Bear que posiblemente era lo único que no desentonaba demasiado, porque el resto de la gente iba preparada con el equipito reglamentario, como si aquello lo hubiesen vivido antes y fueran algo así como unos grandes veteranos.
No sé por qué, la situación me hizo recordar algunos de los paseos campestres que suelo hacer con amiguillas en Guadalajara. Puede que también entonces me sienta algo descolocado. Siempre me da la sensación de ser un marciano fuera de lugar, sólo por pretender ir natural a todas partes, al lado de gente a la que no le falta ni una cantimplora (previendo perderse en el desierto de Gobi) o una navaja multiusos (por si tienen que luchar contra un gran oso montañés o marino). Al final, no obstante, pienso que son los demás los que son marcianos con escafandra, aunque es una cuestión de perspectiva, como casi cualquier cosa.
¡Vaya!
Lo que más me gustó a mí fue lo que menos le gustó a Cayetano: la música que amenizaba el ambiente, con canciones de Madonna, sevillanas (que tatareaba todo el mundo) y algunos temas instrumentales que podrían haber servido de banda sonora para una película de la Pantera Rosa. Me sentí como un chiquillo, Cayetano se sintió como un personaje de una película de Woody Allen. Afortunadamente, los dos pudimos reírnos, yo de lo bobo que soy y Cayetano de lo desgraciado que se siente a veces.
Algo que pudimos constatar, eso sí, es que el mar o la mer (en francés) a los melillenses les encanta, y a nosotros nos encanta que les encante, que os encante. Varias personas nos dijeron que les relajaba, que les hacía olvidar el día a día, que les borraba el estrés… Incluso quienes nos confesaban cierto temor a que las aguas los engullesen (y ahí Cayetano les daba la razón) sonreían con inocencia.
Ah, y en lo referente a la nave golondrina, ahora sabemos que se trata de una nave de paseo que suele llevar a marineritos de tierra adentro, como nosotros, para hacerlos sentir en adelante que allí donde la tierra acaba y comienza el mar el mundo es más ancho y maravilloso.
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domingo, 14 de agosto de 2011
lugares de tránsito
El Faro de Melilla
Domingo, 14 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.
Si alguien desea saber si una ciudad es más o menos moderna, sólo tiene que prestar atención a un par de detalles. Esos detalles pueden encontrarse en lugares donde los individuos se desvanecen, donde los bloques de oficinas, el constante flujo de mercancías y el implacable avance de los medios de transporte reducen la dimensión de los seres humanos, que entonces se convierten en pequeñas hormigas. La despersonalización que sufren los habitantes de Melilla, sin ir más lejos, pueden encontrarse en su aeropuerto, en el Polígono Industrial, en algunos supermercados o en los parques públicos cuando cae la noche. Son sitios en los que nadie permanece, sólo está (y a veces ni siquiera). Allí todo es un enorme simulacro detrás del cual todo el mundo se muestra incapaz de establecer contacto entre sí.
De lo que no cabe duda es que nunca habíamos estado tan solos como a partir del momento en que pudimos caminar por lugares de tránsito en los que difícilmente queda una huella nuestra. Claro que tampoco en nosotros quedan muchas huellas de esos lugares. ¿Quién se acuerda, por ejemplo, de las habitaciones de hotel donde ha pasado alguna noche? ¿En qué se diferencian las que nosotros tenemos ahora en el magnífico parador Don Pedro de Estopiñán de las que habríamos tenido en el parador de Sigüenza? ¿Es que nunca os habéis sentido, queridos lectores, como flanneurs, como paseantes sin rumbo, en busca de nada en concreto, sólo de moveros?
Nuestra reflexión del día es que cada vez hay menos intimidad. Comemos en restaurantes abiertos al público que quiera mirar desde la calle; hacemos deporte en los parques y en las grandes avenidas; sostenemos conversaciones delante de los demás, que nos oyen hablar a través de nuestros móviles con personas que quienes nos rodean no pueden ver y ni tan siquiera imaginar; leemos rodeados de semejantes a quienes ni siquiera prestamos atención; acabamos nuestro aseo personal en el autobús…
En estos momentos, existe una mayor conexión visual con quienes nos rodean, pero apenas hay conexión emocional. Melilla demuestra cómo hemos acabado habitando un espacio casi idéntico, estemos en Melbourne, Atlanta o Varsovia. Nuestra presencia en algunas partes de las ciudades por las que caminamos comienza a ser una abstracción. Unos y otros nos parecemos, quizás porque todos repetimos los mismos gestos, llevamos las mismas prendas de vestir, nos detenemos ante los mismos escaparates, pagamos ante la misma caja registradora. Lo único que queda de nuestras identidades individuales está en nuestros bolsillos, en el teléfono móvil, o nos espera en casa, en la pantalla del ordenador.
O sea que, si quieres, Melilla, defender algo de tu verdadera identidad, es hora de que comiences a valorar las cosas que te dan tu personalidad real y no las que te equiparan a otras ciudades con las que nunca podrás compararte, ni falta que te hace.
Domingo, 14 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.
De lo que no cabe duda es que nunca habíamos estado tan solos como a partir del momento en que pudimos caminar por lugares de tránsito en los que difícilmente queda una huella nuestra. Claro que tampoco en nosotros quedan muchas huellas de esos lugares. ¿Quién se acuerda, por ejemplo, de las habitaciones de hotel donde ha pasado alguna noche? ¿En qué se diferencian las que nosotros tenemos ahora en el magnífico parador Don Pedro de Estopiñán de las que habríamos tenido en el parador de Sigüenza? ¿Es que nunca os habéis sentido, queridos lectores, como flanneurs, como paseantes sin rumbo, en busca de nada en concreto, sólo de moveros?
Nuestra reflexión del día es que cada vez hay menos intimidad. Comemos en restaurantes abiertos al público que quiera mirar desde la calle; hacemos deporte en los parques y en las grandes avenidas; sostenemos conversaciones delante de los demás, que nos oyen hablar a través de nuestros móviles con personas que quienes nos rodean no pueden ver y ni tan siquiera imaginar; leemos rodeados de semejantes a quienes ni siquiera prestamos atención; acabamos nuestro aseo personal en el autobús…
En estos momentos, existe una mayor conexión visual con quienes nos rodean, pero apenas hay conexión emocional. Melilla demuestra cómo hemos acabado habitando un espacio casi idéntico, estemos en Melbourne, Atlanta o Varsovia. Nuestra presencia en algunas partes de las ciudades por las que caminamos comienza a ser una abstracción. Unos y otros nos parecemos, quizás porque todos repetimos los mismos gestos, llevamos las mismas prendas de vestir, nos detenemos ante los mismos escaparates, pagamos ante la misma caja registradora. Lo único que queda de nuestras identidades individuales está en nuestros bolsillos, en el teléfono móvil, o nos espera en casa, en la pantalla del ordenador.
O sea que, si quieres, Melilla, defender algo de tu verdadera identidad, es hora de que comiences a valorar las cosas que te dan tu personalidad real y no las que te equiparan a otras ciudades con las que nunca podrás compararte, ni falta que te hace.
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takes IV
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El Faro de Melilla
Domingo, 14 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.
AHORA QUE COMENZAMOS A SER ALGO ASÍ COMO VIAJEROS MENOS INOCENTES, Y AUNQUE INTENTEMOS CADA DÍA PRESERVAR LA INOCENCIA CON LA QUE LLEGAMOS AQUÍ (NO VAYAMOS A MALEARNOS), CREEMOS QUE YA PODEMOS DECIR ALGO DE PROVECHO SOBRE MELILLA.
Si el viajero difícilmente llega a Melilla, una pequeña ciudad en la costa del norte de África que no suele aparecer en los mapas de Europa, es aún menos probable que acabe entrando en su museo municipal. Nosotros lo hicimos. Llegamos allí por casualidad y también por casualidad entramos en aquel museo, donde se desplegaban las piezas como en cualquier trastero o almoneda. Entre tristes paneles explicativos en los que casi nadie se detenía, vimos una fotografía antigua que nos recordó algo conocido. Unas bañistas salían del mar bajo una luz crepuscular aunque mediterránea. Había una placa que atribuía la fotografía a Imre Kertesz, pero a todos nos pareció improbable que fuese suya porque él jamás había estado en Melilla y su obra no se distingue por la luz sino por las formas (qué requetelistos somos, hombre). Quien nos sacó de dudas, no obstante, fue la persona que recibía a los visitantes a la entrada del museo.
−Aquí todo es real —nos dijo—, nada es arte. Mucha gente donó sus recuerdos y luego los autentificamos con nombres prestigiosos, de otro modo nadie se sentiría interesado en venir a un lugar como éste.
Ay, Melilla, qué te pasa. ¿Acaso crees que con lo que eres y lo que tienes no hay suficiente? ¿O temes que no vaya a haber quien se interese por tus tesoros si tú misma no los desentierras? Nosotros (Hilario J. Rodríguez, Luis Argeo, Javier Díez, Isaac Begoña y Cayetano Vela) creemos que, como casi cualquier ciudad del mundo, más o menos grande, de nombre más o menos conocido, tienes argumentos suficientes como para que alguien juegue a intentar unir las piezas y ver qué forma tienes. Aunque nosotros no hemos acabado de verte por completo, ya nos resultas insinuante. Nos resultan insinuantes los estilos que recorren tus calles, la gente que pasea por tus paseos y avenidas, las sonrisas que nos dedican quienes nos libran de nuestro despiste cuando perdemos el norte y acabamos en el sur, tus contradicciones, los inocentes sermones sobre tus diferentes culturas y esa sonrisa insinuante que nos fulmina cada noche, también el buen trato que recibimos allí a donde vamos… Qué más podríamos pedir, demonios.
Lo cierto, y no te enfades si ahora somos un poco sinceros, es que nos pareces algo así como una chica que a primera vista no es ni fu ni fa pero de la que luego, si la ocasión se da, puedes enamorarte toda la vida.
Nos gustan las ciudades portuarias, con un tráfico fluido de gente venida de todas partes, por mucho que aquí sólo estén de paso y a veces ni siquiera se queden unas horas para poner a prueba tu hospitalidad. Allí donde hay movimiento, hay vida. Ya sabes eso de que «o te mueves o estás muerto». Y aquí nos llama la atención que lo que de verdad se mueve no sean los edificios, las fachadas, el vestuario, las conversaciones, la actitud, que es lo que suele moverse en otras partes donde nada más se mueve, donde lo único que se mueven son las apariencias mientras que la esencia se queda quietecita. Fijaos en lo que pasó hace poco en Noruega. Allí, Anders Berihng Breivik nos da la razón. Mató a 77 personas en Oslo y en la isla de Utoya por un motivo ideológico bastante peregrino, uno de los golpes más inesperados y dolorosos que ha recibido la sociedad escandinava en su historia reciente. Al verlo en las fotos de los periódicos, escoltado por la policía, nadie diría que pudiese matar una mosca. Muchos de los que lo conocían jamás imaginaron nada raro con respecto a él, su tono de voz no les resultaba peculiar ni siquiera a sus vecinos, además –si a Breivik le daba por ahí− podía ser bastante chistoso.
−Es cierto que a veces tenía ideas un tanto extravagantes, pero de ahí a pensar que un día le iba a dar por matar a alguien…
Nosotros creemos que en la Península (e íbamos a decir España sin darnos cuenta de que también tú, Melilla, eres parte de España) demasiado a menudo podemos vivir puerta con puerta con un desconocido durante décadas, sin cruzar una sola palabra con él o sin percibir algo extraño en su manera de decir las cosas.
Aquí, por el contrario, nos parece que tú al menos sabes distinguir quiénes son tus amigos y quiénes tus enemigos porque los amigos te hablan con el trino de los pájaros y los enemigos con el rugido de los leones.
Lo reconocemos, mentimos al principio, aún no hemos estado en el museo municipal de Melilla. Nuestra mentira, sin embargo, sólo tenía una intención: la de recordaros que hay cuentos chinos de todas clases, buenos y malos, mejores y peores, pero sin ellos seguramente «el mundo hoy no sería real». Y si nosotros, con nuestras tonterías y comentarios, con nuestras derivas y nuestras chiquilladas, podemos ayudar a que Melilla sea más real, lo haremos, ese es nuestro cometido.
Domingo, 14 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.
AHORA QUE COMENZAMOS A SER ALGO ASÍ COMO VIAJEROS MENOS INOCENTES, Y AUNQUE INTENTEMOS CADA DÍA PRESERVAR LA INOCENCIA CON LA QUE LLEGAMOS AQUÍ (NO VAYAMOS A MALEARNOS), CREEMOS QUE YA PODEMOS DECIR ALGO DE PROVECHO SOBRE MELILLA.
Si el viajero difícilmente llega a Melilla, una pequeña ciudad en la costa del norte de África que no suele aparecer en los mapas de Europa, es aún menos probable que acabe entrando en su museo municipal. Nosotros lo hicimos. Llegamos allí por casualidad y también por casualidad entramos en aquel museo, donde se desplegaban las piezas como en cualquier trastero o almoneda. Entre tristes paneles explicativos en los que casi nadie se detenía, vimos una fotografía antigua que nos recordó algo conocido. Unas bañistas salían del mar bajo una luz crepuscular aunque mediterránea. Había una placa que atribuía la fotografía a Imre Kertesz, pero a todos nos pareció improbable que fuese suya porque él jamás había estado en Melilla y su obra no se distingue por la luz sino por las formas (qué requetelistos somos, hombre). Quien nos sacó de dudas, no obstante, fue la persona que recibía a los visitantes a la entrada del museo.
−Aquí todo es real —nos dijo—, nada es arte. Mucha gente donó sus recuerdos y luego los autentificamos con nombres prestigiosos, de otro modo nadie se sentiría interesado en venir a un lugar como éste.
Ay, Melilla, qué te pasa. ¿Acaso crees que con lo que eres y lo que tienes no hay suficiente? ¿O temes que no vaya a haber quien se interese por tus tesoros si tú misma no los desentierras? Nosotros (Hilario J. Rodríguez, Luis Argeo, Javier Díez, Isaac Begoña y Cayetano Vela) creemos que, como casi cualquier ciudad del mundo, más o menos grande, de nombre más o menos conocido, tienes argumentos suficientes como para que alguien juegue a intentar unir las piezas y ver qué forma tienes. Aunque nosotros no hemos acabado de verte por completo, ya nos resultas insinuante. Nos resultan insinuantes los estilos que recorren tus calles, la gente que pasea por tus paseos y avenidas, las sonrisas que nos dedican quienes nos libran de nuestro despiste cuando perdemos el norte y acabamos en el sur, tus contradicciones, los inocentes sermones sobre tus diferentes culturas y esa sonrisa insinuante que nos fulmina cada noche, también el buen trato que recibimos allí a donde vamos… Qué más podríamos pedir, demonios.
Lo cierto, y no te enfades si ahora somos un poco sinceros, es que nos pareces algo así como una chica que a primera vista no es ni fu ni fa pero de la que luego, si la ocasión se da, puedes enamorarte toda la vida.
Nos gustan las ciudades portuarias, con un tráfico fluido de gente venida de todas partes, por mucho que aquí sólo estén de paso y a veces ni siquiera se queden unas horas para poner a prueba tu hospitalidad. Allí donde hay movimiento, hay vida. Ya sabes eso de que «o te mueves o estás muerto». Y aquí nos llama la atención que lo que de verdad se mueve no sean los edificios, las fachadas, el vestuario, las conversaciones, la actitud, que es lo que suele moverse en otras partes donde nada más se mueve, donde lo único que se mueven son las apariencias mientras que la esencia se queda quietecita. Fijaos en lo que pasó hace poco en Noruega. Allí, Anders Berihng Breivik nos da la razón. Mató a 77 personas en Oslo y en la isla de Utoya por un motivo ideológico bastante peregrino, uno de los golpes más inesperados y dolorosos que ha recibido la sociedad escandinava en su historia reciente. Al verlo en las fotos de los periódicos, escoltado por la policía, nadie diría que pudiese matar una mosca. Muchos de los que lo conocían jamás imaginaron nada raro con respecto a él, su tono de voz no les resultaba peculiar ni siquiera a sus vecinos, además –si a Breivik le daba por ahí− podía ser bastante chistoso.
−Es cierto que a veces tenía ideas un tanto extravagantes, pero de ahí a pensar que un día le iba a dar por matar a alguien…
Nosotros creemos que en la Península (e íbamos a decir España sin darnos cuenta de que también tú, Melilla, eres parte de España) demasiado a menudo podemos vivir puerta con puerta con un desconocido durante décadas, sin cruzar una sola palabra con él o sin percibir algo extraño en su manera de decir las cosas.
Aquí, por el contrario, nos parece que tú al menos sabes distinguir quiénes son tus amigos y quiénes tus enemigos porque los amigos te hablan con el trino de los pájaros y los enemigos con el rugido de los leones.
Lo reconocemos, mentimos al principio, aún no hemos estado en el museo municipal de Melilla. Nuestra mentira, sin embargo, sólo tenía una intención: la de recordaros que hay cuentos chinos de todas clases, buenos y malos, mejores y peores, pero sin ellos seguramente «el mundo hoy no sería real». Y si nosotros, con nuestras tonterías y comentarios, con nuestras derivas y nuestras chiquilladas, podemos ayudar a que Melilla sea más real, lo haremos, ese es nuestro cometido.
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sábado, 13 de agosto de 2011
no somos Julia Roberts
Melilla Hoy
Domingo, 14 de Agosto de 2011, Hilario J. Rodríguez.
Hay veces que alguien tiene que llevar la voz cantante y en nuestro grupo ese papel no siempre recae en la misma persona. Ayer, sin ir más lejos, cuando visitamos la zona de las chabolas del Cerro quien tomó la iniciativa fue Isaac. Que por qué, pues porque Isaac tiene una inocencia que a los demás nos falta (con excepción quizás de Cayetano). Yo a Isaac lo imagino conociendo a una desconocida en una fiesta, con quien conversa e intime, pero a quien tiene que despedir antes de que se acabe la diversión.
−Lo siento pero mañana viajo –lo imagino diciéndole a la desconocida− y no podremos vernos en un tiempo, ¿qué tal si quedamos el próximo mes, a la misma hora?
También imagino que ella estaría de acuerdo en encontrarse con él y que esperaría que el mes pasase rápido. Sin embargo, Isaac no volvería a dar señales de vida en mucho tiempo y ella, al cabo de los meses, ya casi ni se acordaría de él, lo que haría más imprevista y sorprendente una llamada suya, un años y medio más tarde, excusándose por el retraso y proponiéndole a la desconocida que se encontrasen al día siguiente en algún bar o restaurante que ambos conociesen. Por supuesto, ella accedería, pensando que él es de esas personas que sabe cómo hablar.
Bueno, yo también puedo constatar, aquí y ahora, que Isaac sabe cómo hablar y me lo demostró ayer cuando los dos fuimos a ver a los subsaharianos que viven cerca de CETI por voluntad propia, porque prefieren estar a sus anchas antes que seguir horarios y normas. Me lo demostró porque, lejos de plantear las preguntas de rigor, por lo que se interesó Isaac fue por los largos trayectos que habían atravesado aquellos muchachos hasta llegar a Melilla. Le gusta escuchar nombres de ciudades y países lejanos, le ayudan a soñar, y él es ante todo un soñador.
−Ni siquiera creo que sea necesario tener mucho dinero para conseguirlo, sólo hace falta que te quieran mucho. Ojalá lo consiga porque soy muy trabajador y porque tengo buenos músculos aunque ahora apenas los ejercite, en cuanto me vaya de aquí y encuentre un buen trabajo.
Al lado de Malin estaba Undor, un pieza de cuidado, un muchacho que no sabía cómo se lía un cigarro pero sabía a la perfección cómo birlarle la novia a su propio primo. De hecho, Undor nunca se habría venido a Melilla si no fuese porque su primo intentó matarlo cuando se enteró de que había desflorado a su novia. Isaac, más que interesarse por su viaje hasta llegar aquí, le preguntó qué le había pasado a la novia de su primo, a lo cual Undor no quiso responder.
Las historias que encontramos en las chabolas del Cerro no son historias que uno encontraría en las grandes novelas de la cultura occidental, pero son historias que bien merecen abrirse un hueco en nuestra biblioteca, aunque sea en las que tenemos en nuestras cabezas.
Ryszard Kapuściński, fallecido hace unos años, explicaba en su libro Ébano que mientras los occidentales avanzamos gracias a nuestra capacidad para hacer crítica y sobre todo autocrítica, los africanos son diferentes, para ellos cualquier crítica es siempre un signo de discriminación y de racismo, porque arrastran en su interior un montón de complejos, odios, envidias y rencores. En Un día más con vida, el escritor polaco nos recordaba que, poco después de la independencia de Angola, en Luanda ya no quedaba ningún occidental salvo él, porque las facciones que pugnaban por el poder estaban a punto de entrar en la ciudad. Para matar el rato, entró en una librería que estaba vacía y en su interior, al ver silenciosas y cubiertas por el polvo las obras maestras de Balzac, Cervantes o Bocaccio, pensó en la modestia y en la humildad que todo Occidente sentiría si en aquel momento estuviese allí, contemplando de qué servían sus muchos siglos de esplendor cultural y su profundo sentido de la autocrítica.
Domingo, 14 de Agosto de 2011, Hilario J. Rodríguez.
Hay veces que alguien tiene que llevar la voz cantante y en nuestro grupo ese papel no siempre recae en la misma persona. Ayer, sin ir más lejos, cuando visitamos la zona de las chabolas del Cerro quien tomó la iniciativa fue Isaac. Que por qué, pues porque Isaac tiene una inocencia que a los demás nos falta (con excepción quizás de Cayetano). Yo a Isaac lo imagino conociendo a una desconocida en una fiesta, con quien conversa e intime, pero a quien tiene que despedir antes de que se acabe la diversión.
−Lo siento pero mañana viajo –lo imagino diciéndole a la desconocida− y no podremos vernos en un tiempo, ¿qué tal si quedamos el próximo mes, a la misma hora?
También imagino que ella estaría de acuerdo en encontrarse con él y que esperaría que el mes pasase rápido. Sin embargo, Isaac no volvería a dar señales de vida en mucho tiempo y ella, al cabo de los meses, ya casi ni se acordaría de él, lo que haría más imprevista y sorprendente una llamada suya, un años y medio más tarde, excusándose por el retraso y proponiéndole a la desconocida que se encontrasen al día siguiente en algún bar o restaurante que ambos conociesen. Por supuesto, ella accedería, pensando que él es de esas personas que sabe cómo hablar.
Bueno, yo también puedo constatar, aquí y ahora, que Isaac sabe cómo hablar y me lo demostró ayer cuando los dos fuimos a ver a los subsaharianos que viven cerca de CETI por voluntad propia, porque prefieren estar a sus anchas antes que seguir horarios y normas. Me lo demostró porque, lejos de plantear las preguntas de rigor, por lo que se interesó Isaac fue por los largos trayectos que habían atravesado aquellos muchachos hasta llegar a Melilla. Le gusta escuchar nombres de ciudades y países lejanos, le ayudan a soñar, y él es ante todo un soñador.
Fue así como supimos que Malin, un senegalés de apenas veinte años, llevaba toda su vida queriendo venir a Europa para conocer a una mujer tan guapa como Julia Roberts, debe de creer que aquí todas las chicas se le parecen o sea que ya podéis prepararos, melillensas, porque Malin tiene una mirada de esas que podrían derretir los cubitos de hielo de vuestros gintonics. Para él, la vida consiste en encontrar una mujer perfecta y luego pasar con ella los mejores años de nuestras vidas.
−Ni siquiera creo que sea necesario tener mucho dinero para conseguirlo, sólo hace falta que te quieran mucho. Ojalá lo consiga porque soy muy trabajador y porque tengo buenos músculos aunque ahora apenas los ejercite, en cuanto me vaya de aquí y encuentre un buen trabajo.
Al lado de Malin estaba Undor, un pieza de cuidado, un muchacho que no sabía cómo se lía un cigarro pero sabía a la perfección cómo birlarle la novia a su propio primo. De hecho, Undor nunca se habría venido a Melilla si no fuese porque su primo intentó matarlo cuando se enteró de que había desflorado a su novia. Isaac, más que interesarse por su viaje hasta llegar aquí, le preguntó qué le había pasado a la novia de su primo, a lo cual Undor no quiso responder.
Las historias que encontramos en las chabolas del Cerro no son historias que uno encontraría en las grandes novelas de la cultura occidental, pero son historias que bien merecen abrirse un hueco en nuestra biblioteca, aunque sea en las que tenemos en nuestras cabezas.
Ryszard Kapuściński, fallecido hace unos años, explicaba en su libro Ébano que mientras los occidentales avanzamos gracias a nuestra capacidad para hacer crítica y sobre todo autocrítica, los africanos son diferentes, para ellos cualquier crítica es siempre un signo de discriminación y de racismo, porque arrastran en su interior un montón de complejos, odios, envidias y rencores. En Un día más con vida, el escritor polaco nos recordaba que, poco después de la independencia de Angola, en Luanda ya no quedaba ningún occidental salvo él, porque las facciones que pugnaban por el poder estaban a punto de entrar en la ciudad. Para matar el rato, entró en una librería que estaba vacía y en su interior, al ver silenciosas y cubiertas por el polvo las obras maestras de Balzac, Cervantes o Bocaccio, pensó en la modestia y en la humildad que todo Occidente sentiría si en aquel momento estuviese allí, contemplando de qué servían sus muchos siglos de esplendor cultural y su profundo sentido de la autocrítica.
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