sábado, 13 de agosto de 2011
Takes III
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En las ciudades
El Faro de Melilla
Viernes, 12 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.
EN NUEVA YORK, EN APENAS TRES MANZANAS PUEDES HACER UN VIAJE ALUCINANTE, DE LA OPULENCIA A LA POBREZA. TAMBIÉN EN MELILLA.
Antes de llegar a la carretera de Farhana, es difícil prever lo que vas a encontrarte. Primero pasas al lado de bloques de tres o cuatro pisos que imitan a los grandes edificios del centro de la ciudad, con un estilo más ecléctico que personal, y de pronto te encuentras en un gran descampado que te invita a bifurcarte. Por un lado tienes la posibilidad de ir al barrio de chabolas del Cerro y por otra puedes elegir entre el CETI o el campo de golf, o sea que depende de quién seas para que tomes un rumbo u otro. Como nosotros, en realidad, no somos nada en particular, decidimos que íbamos a ir a todas partes. Y nuestra primera parada fue en el barrio de chabolas del Cerro. Allí nadie salió para recibirnos con los brazos abiertos, pero tampoco nos sentimos especialmente intimidados mientras caminábamos entre sus calles, o lo que fuese. Desde luego, nos dimos cuenta enseguida de que aquello no era ni Times Square ni la Gran Vía de Madrid, pero tampoco una de esas barriadas como el Bronx o Brixton, donde si no eres hispano o negro puedes ir rezando un padrenuestro. Había suciedad por todas partes, sobre todo latas de cerveza y un montón de bolsas de plástico, como si el servicio de recogida de basuras no hubiese pasado por allí en meses, aunque también como si quienes vivían en aquel lugar fueran unos guarretes de mucho cuidado.
Viernes, 12 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.
EN NUEVA YORK, EN APENAS TRES MANZANAS PUEDES HACER UN VIAJE ALUCINANTE, DE LA OPULENCIA A LA POBREZA. TAMBIÉN EN MELILLA.
Antes de llegar a la carretera de Farhana, es difícil prever lo que vas a encontrarte. Primero pasas al lado de bloques de tres o cuatro pisos que imitan a los grandes edificios del centro de la ciudad, con un estilo más ecléctico que personal, y de pronto te encuentras en un gran descampado que te invita a bifurcarte. Por un lado tienes la posibilidad de ir al barrio de chabolas del Cerro y por otra puedes elegir entre el CETI o el campo de golf, o sea que depende de quién seas para que tomes un rumbo u otro. Como nosotros, en realidad, no somos nada en particular, decidimos que íbamos a ir a todas partes. Y nuestra primera parada fue en el barrio de chabolas del Cerro. Allí nadie salió para recibirnos con los brazos abiertos, pero tampoco nos sentimos especialmente intimidados mientras caminábamos entre sus calles, o lo que fuese. Desde luego, nos dimos cuenta enseguida de que aquello no era ni Times Square ni la Gran Vía de Madrid, pero tampoco una de esas barriadas como el Bronx o Brixton, donde si no eres hispano o negro puedes ir rezando un padrenuestro. Había suciedad por todas partes, sobre todo latas de cerveza y un montón de bolsas de plástico, como si el servicio de recogida de basuras no hubiese pasado por allí en meses, aunque también como si quienes vivían en aquel lugar fueran unos guarretes de mucho cuidado.
Charing Cross Road
Rue des Cascades
Burgenstrasse
Después de preguntar a unos cuantos subsaharianos si podíamos hablar con ellos, uno nos condujo a una especie de saloncito donde cuatro muchachos descansaban echadotes sobre viejos sofás que seguramente habían encontrado en algún vertedero. Al vernos, ni siquiera se inmutaron, sólo uno se mostró interesado en nuestras cámaras y en la cantidad que podía sacarnos si hacía un par declaraciones a cámara. Cuando le explicamos que ni éramos millonarios, ni estábamos dispuestos a pagar por la declaración de nadie, perdió interés en nosotros y nosotros en él, por muy jefecillo que fuese de los otros tres. Los otros tres, sin embargo, nos contaron sin problema cómo habían llegado a Melilla desde sus lejanos países. Uno había tardado dos años y medio, el segundo había conseguido saltar la valla de Melilla a costa de varios cortes profundos en sus manos y en sus labios, y el tercero nos dijo que ya casi no recordaba el nombre de algunos miembros de su familia, cómo iba a acordarse de las ciudades y pueblos que había atravesado desde la lejana Somalia.
La información que tenemos en la Península sobre chicos como los anteriores siempre es un tanto confusa. Nos cuentan, por lo general en los periódicos, en los informativos de televisión y en los blogs más comprometidos, que el CETI (el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes) tiene normas inhumanas para los subsaharianos que se alojan allí. Por si fuera poco, nadie puede acercarse a sus inmediaciones sin encontrarse con la policía o el ejército, corriendo además un enorme riesgo, de que le intervengan sus cámaras, de que se las roben, de que le golpeen… En fin. Gracias a Dios, nosotros somos tan temerarios como para poner en duda ese tipo de cosas, y nos acercamos a la puerta de entrada del CETI para ver qué se cocía. Al ver que no nos pasaba nada, hablamos con algunos miembros del servicio de vigilancia, que ni nos pidieron la documentación ni nos dijeron nada al ver que rodábamos, fuera –eso sí- del perímetro a partir de donde uno entra en la zona de seguridad. Intentamos que nos explicasen un par de cosas, a lo que no se negaron aunque quizás nos las explicaron a su manera. Lo que sí pudimos constatar es que en el CETI el tránsito de dentro afuera y de fuera adentro era bastante fluido, bastaba con que los subsaharianos tuviesen una tarjeta para hacerlo. Vimos, incluso, a uno de los muchachos con los que poco antes habíamos hablado en las chabolas del Cerro entrar con cinco bidones de agua vacíos, para repostar y regresar después a la comodidad de sus viejos sofás.
Sin ánimo de parecer que tenemos la última palabra en nada concerniente a Melilla, lo que constatamos hoy es que muchos de los peligros que uno corre en esta ciudad son más imaginarios que reales, y que muchas denuncias por maltrato o trato vejatorio quizás habría que revisarlas, no vaya a ser que algunos subsaharianos prefieran vivir en las chabolas, sin reglas, tal como nos gusta a nosotros mismos movernos por el mundo.
La información que tenemos en la Península sobre chicos como los anteriores siempre es un tanto confusa. Nos cuentan, por lo general en los periódicos, en los informativos de televisión y en los blogs más comprometidos, que el CETI (el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes) tiene normas inhumanas para los subsaharianos que se alojan allí. Por si fuera poco, nadie puede acercarse a sus inmediaciones sin encontrarse con la policía o el ejército, corriendo además un enorme riesgo, de que le intervengan sus cámaras, de que se las roben, de que le golpeen… En fin. Gracias a Dios, nosotros somos tan temerarios como para poner en duda ese tipo de cosas, y nos acercamos a la puerta de entrada del CETI para ver qué se cocía. Al ver que no nos pasaba nada, hablamos con algunos miembros del servicio de vigilancia, que ni nos pidieron la documentación ni nos dijeron nada al ver que rodábamos, fuera –eso sí- del perímetro a partir de donde uno entra en la zona de seguridad. Intentamos que nos explicasen un par de cosas, a lo que no se negaron aunque quizás nos las explicaron a su manera. Lo que sí pudimos constatar es que en el CETI el tránsito de dentro afuera y de fuera adentro era bastante fluido, bastaba con que los subsaharianos tuviesen una tarjeta para hacerlo. Vimos, incluso, a uno de los muchachos con los que poco antes habíamos hablado en las chabolas del Cerro entrar con cinco bidones de agua vacíos, para repostar y regresar después a la comodidad de sus viejos sofás.
Sin ánimo de parecer que tenemos la última palabra en nada concerniente a Melilla, lo que constatamos hoy es que muchos de los peligros que uno corre en esta ciudad son más imaginarios que reales, y que muchas denuncias por maltrato o trato vejatorio quizás habría que revisarlas, no vaya a ser que algunos subsaharianos prefieran vivir en las chabolas, sin reglas, tal como nos gusta a nosotros mismos movernos por el mundo.
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viernes, 12 de agosto de 2011
La Muerte
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enterrar a los muertos
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Takes II
¿Acaso no matan a los caballos?
Tenemos la última palabra.
La historia del día: Al colchón de mi cama se le salían los muelles. De noche sus tentáculos me abrazaban. Pasé la infancia sobre aquel pulpo.
Un camino a base de desvíos.
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Morir en Melilla
El Faro de Melilla
Viernes, 12 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.
LA HISTORIA DE UNA CIUDAD SUELE ESTAR ESCRITA EN SUS CEMENTERIOS, ENTRE NOMBRES Y EPITAFIOS, ADIOSES Y TE RECORDAREMOS SIEMPRES. MELILLA NO ES LA EXCEPCIÓN. EN LAS TUMBAS DE SUS TRES CEMENTERIOS (EL CRISTIANO, EL HEBREO Y EL MUSULMÁN) PUEDE SEGUIRSE EL HILO DE LA HISTORIA CULTURAL Y SOCIAL DE MELILLA, CON SUS ZONAS DE LUZ Y SUS ZONAS OSCURAS.
Una de las primeras cosas que nos preguntamos antes de venir a Melilla, es cómo eran sus cementerios. Antes de conocer a los vivos, nos parece importante interesarnos por los muertos, quizás porque antes de conocer el presente de una ciudad nos apetece dar una vuelta por su pasado. Sabíamos, por ejemplo, que habría algún panteón de estilo modernista; también que algunos paseos estarían flanqueados por cipreses y que los nichos más antiguos, en contra de lo que se podría creer a priori, no eran del siglo XIX sino del XX, del momento en que el Ayuntamiento se planteó los primeros problemas de espacio sin pretender hacer ampliaciones en horizontal y comenzó, hacia 1920, a pensar en vertical. Pero ni yo ni mis compañeros, durante los preparativos de este viaje, reparamos en ciertos imprevistos, como el hecho de que para entrar en el cementerio hebreo tuviésemos que pedir permiso a través del Diputado de Medio Ambiente, José Ángel Calahuí, o que para entrar en el cementerio musulmán tuviésemos que ir allí directamente porque nadie nos cogía el teléfono cuando intentábamos contactar con sus encargados desde España.
El modernismo se mezcló enseguida con el barroco, el neoclásico y algunas construcciones racionalistas. Las tumbas en tierra se sucedían y de pronto se transformaban en enormes lápidas; los espacios abigarrados se continuaban con lugares más diáfanos; el pavimento desembocaba en grava; el gris de la piedra estaba cubierto por el polvo o por las hojas secas de los árboles cercanos, pinos y eucaliptos; amplios paseos, diminutos parterres, cruces rotas, Cristos boca abajo, herrumbre, familiares que renuevan un ramo o reponen una figurilla robada, visitantes, nosotros.
«Encontrar lo que no se busca: eso es lo que le ocurre a uno en los cementerios», asegura Cees Nooteboom. ¿Por qué no «encontrar el lugar de los vivos en el mundo de los muertos», en palabras de W. G. Sebald?
Fueron los franceses, durante la Ilustración, quienes tuvieron la idea de enterrar a los muertos en las afueras de las ciudades. A finales del siglo XIX, los melillenses ya pensaban en esa posibilidad, quizás porque su historia, en los últimos cinco siglos, es una historia absurda pero heroica al mismo tiempo. Cuando por fin se decidieron, la ciudad sufría las consecuencias de defensas numantinas en las que las víctimas habían acabado en fosas comunes, sin nombres, sin fechas, a veces sin cartografiar para que nadie las encuentre jamás. La inauguración del Cementerio de la Purísima Concepción en 1892, hizo que de muy pronto apareciesen las flores y las cruces extendiéndose por todas partes, como si se tratase de un truco de nuestro amigo el mago Cayetano Vela. Ciudadanos ilustres, prohombres, políticos, clérigos, tenderos, albañiles... Ante todo militares, soldados, oficiales, suboficiales y también el pueblo. Al principio se distinguían las zonas, para no mezclar clases sociales, rangos, años de nacimiento, procedencia; poco después esa lógica dejó de existir.
Como la de cualquier cementerio, la historia del cementerio cristiano no sigue un cauce lineal, más bien sigue el cauce de un río lleno de meandros. De ser así, podría considerarse un cementerio acuático, similar al de la isla de San Michelle en Venecia. Su extensión hoy en día es bastante mayor a la que tenía en sus inicios. Mariano, el encargado, aseguraba que aún había espacio suficiente para los próximos 25 años, o sea que los melillense pueden seguir muriéndose en paz, al menos por ahora.
En los cementerios hebreo y musulmán, los datos fueron más imprecisos, quizás porque en el hebreo nos encontramos con cierto pudor por parte de sus encargados, y en el musulmán con el hecho de que el verdadero cementerio musulmán, el de Sidi Ouriech, de hace varios cientos de años, está en territorio marroquí desde 1953 y que el nuevo todavía es demasiado reciente y los muertos allí son tan recientes que todavía no parecen realmente muertos porque sus familiares los visitan casi a diario, para limpiar las tumbas y para regar las plantas que crecen sobre los cadáveres.
Viernes, 12 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.
LA HISTORIA DE UNA CIUDAD SUELE ESTAR ESCRITA EN SUS CEMENTERIOS, ENTRE NOMBRES Y EPITAFIOS, ADIOSES Y TE RECORDAREMOS SIEMPRES. MELILLA NO ES LA EXCEPCIÓN. EN LAS TUMBAS DE SUS TRES CEMENTERIOS (EL CRISTIANO, EL HEBREO Y EL MUSULMÁN) PUEDE SEGUIRSE EL HILO DE LA HISTORIA CULTURAL Y SOCIAL DE MELILLA, CON SUS ZONAS DE LUZ Y SUS ZONAS OSCURAS.
Una de las primeras cosas que nos preguntamos antes de venir a Melilla, es cómo eran sus cementerios. Antes de conocer a los vivos, nos parece importante interesarnos por los muertos, quizás porque antes de conocer el presente de una ciudad nos apetece dar una vuelta por su pasado. Sabíamos, por ejemplo, que habría algún panteón de estilo modernista; también que algunos paseos estarían flanqueados por cipreses y que los nichos más antiguos, en contra de lo que se podría creer a priori, no eran del siglo XIX sino del XX, del momento en que el Ayuntamiento se planteó los primeros problemas de espacio sin pretender hacer ampliaciones en horizontal y comenzó, hacia 1920, a pensar en vertical. Pero ni yo ni mis compañeros, durante los preparativos de este viaje, reparamos en ciertos imprevistos, como el hecho de que para entrar en el cementerio hebreo tuviésemos que pedir permiso a través del Diputado de Medio Ambiente, José Ángel Calahuí, o que para entrar en el cementerio musulmán tuviésemos que ir allí directamente porque nadie nos cogía el teléfono cuando intentábamos contactar con sus encargados desde España.
El modernismo se mezcló enseguida con el barroco, el neoclásico y algunas construcciones racionalistas. Las tumbas en tierra se sucedían y de pronto se transformaban en enormes lápidas; los espacios abigarrados se continuaban con lugares más diáfanos; el pavimento desembocaba en grava; el gris de la piedra estaba cubierto por el polvo o por las hojas secas de los árboles cercanos, pinos y eucaliptos; amplios paseos, diminutos parterres, cruces rotas, Cristos boca abajo, herrumbre, familiares que renuevan un ramo o reponen una figurilla robada, visitantes, nosotros.
«Encontrar lo que no se busca: eso es lo que le ocurre a uno en los cementerios», asegura Cees Nooteboom. ¿Por qué no «encontrar el lugar de los vivos en el mundo de los muertos», en palabras de W. G. Sebald?
Fueron los franceses, durante la Ilustración, quienes tuvieron la idea de enterrar a los muertos en las afueras de las ciudades. A finales del siglo XIX, los melillenses ya pensaban en esa posibilidad, quizás porque su historia, en los últimos cinco siglos, es una historia absurda pero heroica al mismo tiempo. Cuando por fin se decidieron, la ciudad sufría las consecuencias de defensas numantinas en las que las víctimas habían acabado en fosas comunes, sin nombres, sin fechas, a veces sin cartografiar para que nadie las encuentre jamás. La inauguración del Cementerio de la Purísima Concepción en 1892, hizo que de muy pronto apareciesen las flores y las cruces extendiéndose por todas partes, como si se tratase de un truco de nuestro amigo el mago Cayetano Vela. Ciudadanos ilustres, prohombres, políticos, clérigos, tenderos, albañiles... Ante todo militares, soldados, oficiales, suboficiales y también el pueblo. Al principio se distinguían las zonas, para no mezclar clases sociales, rangos, años de nacimiento, procedencia; poco después esa lógica dejó de existir.
Como la de cualquier cementerio, la historia del cementerio cristiano no sigue un cauce lineal, más bien sigue el cauce de un río lleno de meandros. De ser así, podría considerarse un cementerio acuático, similar al de la isla de San Michelle en Venecia. Su extensión hoy en día es bastante mayor a la que tenía en sus inicios. Mariano, el encargado, aseguraba que aún había espacio suficiente para los próximos 25 años, o sea que los melillense pueden seguir muriéndose en paz, al menos por ahora.
En los cementerios hebreo y musulmán, los datos fueron más imprecisos, quizás porque en el hebreo nos encontramos con cierto pudor por parte de sus encargados, y en el musulmán con el hecho de que el verdadero cementerio musulmán, el de Sidi Ouriech, de hace varios cientos de años, está en territorio marroquí desde 1953 y que el nuevo todavía es demasiado reciente y los muertos allí son tan recientes que todavía no parecen realmente muertos porque sus familiares los visitan casi a diario, para limpiar las tumbas y para regar las plantas que crecen sobre los cadáveres.
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jueves, 11 de agosto de 2011
Viajar, perder ciudades
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Takes I
No todo lo que he visto es lo que me habría gustado ver, pero siempre he abierto bien los ojos.
Nos lo vamos a pasar como las ballenas.
La historia del día: "Me matriculé en la Escuela de Bellas Artes pero no me admitieron, mi media en la Selectividad no daba. O sea que me presenté como modelo para los alumnos y entonces no hubo problema. Todo el mundo me pintaba muy aprisa, menos un chico ya mayor. Creí que era ciego o que le gustaba. Aunque le llevaba varias horas terminar, nunca se sentía satisfecho. Luego comencé a trabajar en una cafetería".
Si creéis que vamos a correr más de lo debido, ya podéis esperar que la hierba crezca bajo vuestros pies.
Últimamente he aprendido muchas cosas pero todavía no sé cuáles.
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Making off
El Faro de Melilla
Jueves, 11 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.
Si esto fuera una película, el argumento sería muy simple: cinco amigos, quemados por el sol y el aburrimiento, se van de Guadalajara, en busca de aventuras. El destino parece distante: M-E-L-I-L-L-A. ¿Qué les sucederá allí? Las posibilidades son muchas: cómicas, dramáticas, trágicas, todo depende de ellos y de los secundarios que vayan encontrando en su camino.
Durante una semana en nuestro blog nos hemos dedicado a soñar, a especular, a viajar por Melilla sin salir de Guadalajara. Pero ahora la cosa ha cambiado, ya estamos en Melilla. Bueno, la verdad es que mentimos, aunque sin mala intención, mentimos sólo porque mientras escribimos esto vamos camino de Melilla (aún no hemos llegado ni siquiera a Murcia) y vosotros lo leeréis mañana (es decir, hoy), cuando salga el periódico. Por eso mentimos. Mentimos y nos adelantamos alegremente a los acontecimientos, teniendo en cuenta que esta mañana, al salir de Guadalajara a las seis, en apenas un kilómetro tuvimos que dar la vuelta y cambiar de coche, el que inicialmente queríamos llevar tenía los amortiguadores un tanto desgastados y no era capaz de soportar nuestro peso y el de nuestro equipaje; recordad que somos buenos mozos y que nos gusta la buena vida, y eso al final se acumula en las zonas intermedias. Cien kilómetros después, a bordo de nuestro nuevo vehículo, una de las ruedas traseras reventó en mitad de la autovía. Un pequeño percance que se soluciona con el gato y la rueda de repuesto, lo malo es que nos pilló desprevenidos y con la guardia civil pisándonos los talones.
−¿Ustedes son topógrafos? –nos preguntaron al ver nuestras maletas y mochilas desperdigadas por el arcén, antes de abandonarnos a nuestra suerte y de pedirnos que fuéramos precavidos mientras cambiábamos la rueda al borde mismo de la autovía, donde los camiones rugían con furia, tan fanfarrones como siempre.
En fin, que si queríamos aventuras, las habíamos comenzado a encontrar sin haber puesto un pie en Melilla.
Hace unos minutos pasamos Murcia y en otras dos horas, quizás menos, se supone que estaremos en Almería. Si Dios quiere, a las 16:00 horas cogeremos el ferry y a las 22:45 habremos llegado –esta vez sí− a Melilla.
Si queréis saber más sobre nuestras aventuras y desventuras, no dejéis de visitar nuestro blog y de recomendárselo a vuestros amigos. Nadie se arrepentirá, encontraréis textos, fotos, filmaciones, grabaciones de sonido, entrevistas y por encima de todo a cinco protagonistas (Luis Argeo, Hilario J. Rodríguez, Isaac Begoña, Javier Díez y Cayetano Vela) buscando historias constantemente.
Jueves, 11 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.
Si esto fuera una película, el argumento sería muy simple: cinco amigos, quemados por el sol y el aburrimiento, se van de Guadalajara, en busca de aventuras. El destino parece distante: M-E-L-I-L-L-A. ¿Qué les sucederá allí? Las posibilidades son muchas: cómicas, dramáticas, trágicas, todo depende de ellos y de los secundarios que vayan encontrando en su camino.
Durante una semana en nuestro blog nos hemos dedicado a soñar, a especular, a viajar por Melilla sin salir de Guadalajara. Pero ahora la cosa ha cambiado, ya estamos en Melilla. Bueno, la verdad es que mentimos, aunque sin mala intención, mentimos sólo porque mientras escribimos esto vamos camino de Melilla (aún no hemos llegado ni siquiera a Murcia) y vosotros lo leeréis mañana (es decir, hoy), cuando salga el periódico. Por eso mentimos. Mentimos y nos adelantamos alegremente a los acontecimientos, teniendo en cuenta que esta mañana, al salir de Guadalajara a las seis, en apenas un kilómetro tuvimos que dar la vuelta y cambiar de coche, el que inicialmente queríamos llevar tenía los amortiguadores un tanto desgastados y no era capaz de soportar nuestro peso y el de nuestro equipaje; recordad que somos buenos mozos y que nos gusta la buena vida, y eso al final se acumula en las zonas intermedias. Cien kilómetros después, a bordo de nuestro nuevo vehículo, una de las ruedas traseras reventó en mitad de la autovía. Un pequeño percance que se soluciona con el gato y la rueda de repuesto, lo malo es que nos pilló desprevenidos y con la guardia civil pisándonos los talones.
−¿Ustedes son topógrafos? –nos preguntaron al ver nuestras maletas y mochilas desperdigadas por el arcén, antes de abandonarnos a nuestra suerte y de pedirnos que fuéramos precavidos mientras cambiábamos la rueda al borde mismo de la autovía, donde los camiones rugían con furia, tan fanfarrones como siempre.
En fin, que si queríamos aventuras, las habíamos comenzado a encontrar sin haber puesto un pie en Melilla.
Hace unos minutos pasamos Murcia y en otras dos horas, quizás menos, se supone que estaremos en Almería. Si Dios quiere, a las 16:00 horas cogeremos el ferry y a las 22:45 habremos llegado –esta vez sí− a Melilla.
Si queréis saber más sobre nuestras aventuras y desventuras, no dejéis de visitar nuestro blog y de recomendárselo a vuestros amigos. Nadie se arrepentirá, encontraréis textos, fotos, filmaciones, grabaciones de sonido, entrevistas y por encima de todo a cinco protagonistas (Luis Argeo, Hilario J. Rodríguez, Isaac Begoña, Javier Díez y Cayetano Vela) buscando historias constantemente.
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martes, 9 de agosto de 2011
Cartografías
Diario Melilla Hoy
Martes, 09 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.
Si los datos son correctos, fue en 1923 cuando el Real Instituto Geográfico Británico acabó de cartografiar la colonia de Costa de Oro, que hoy en día forma parte de Ghana junto al antiguo imperio de Ashanti y una pequeña franja de lo que hace algo menos de un siglo llamábamos Togolandia y que ahora conocemos simplemente como Togo. Pese a que algunas zonas resultaban casi inaccesibles, por culpa de la orografía y la selva envolviéndolas, se hicieron mediciones tan exhaustivas como para hacernos sudar sólo de pensarlo. Podemos imaginar a un grupo de hombres de una flemática determinación abriéndose paso a través de la espesura, después de que varios africanos, a golpe de machete, hubiesen abierto un camino entre ceibas, caobas y cedros, donde las hienas, los lémures y los leopardos, también las cobras, las pitones y las víboras cornudas, acechaban. No, no resultó una tarea sencilla. Además de los peligros tangibles, de los ataques y las mordeduras, estaban la fiebre amarilla o la malaria, un catálogo de enfermedades no apto para hipocondríacos. Eso por no hablar del calor sofocante, de la humedad, de la falta de agua potable… Y tantos y tantos imponderables. Cada jornada de trabajo duraba una eternidad, de ahí que todo el mundo quisiera acabar cuanto antes con aquellas engorrosas responsabilidades, absurdas en la mayoría de los casos porque ¿a quién le importaba realmente conocer al dedillo una parte del mundo tan impracticable? Un grupo de expedicionarios debió de entenderlo así cuando, a punto de regresar a su campamento para reponerse de un día durísimo, se dio cuenta de que atrás dejaban una pequeña colina adonde aún no habían llegado y quedaba pendiente de ser medida.
−No os preocupéis –dijo entonces uno de los miembros de la expedición−, acabaremos el trabajo más tarde, mientras brindamos con scotch y soda.
Al llegar a su tienda de campaña, sin siquiera haberse mudado de ropa, dibujó la silueta de un elefante sobre una cartulina, la recortó, la colocó en la parte del mapa de la zona donde se suponía que estaba la colina y trazó sus contornos. Seguramente era la única colina del mapamundi con forma de paquidermo, todavía sigue siéndolo si deseamos comprobarlo en el ángulo noroeste de la página 17 de la serie cartográfica 1:62,500 publicada por el Real Instituto Geográfico Británico bajo el título Africa: Costa de Oro, según lo cuenta Alberto Manguel en el prólogo de la Guía de Lugares Imaginarios.
La vista aérea de la ciudad de Melilla no desvela ninguna forma determinada, ni la de una sonrisa ni la de una mordedura, tampoco la de una mujer insinuante, tan sólo permite ver el perímetro que cubre la valla que la rodea y, prestando buena atención, la forma geométrica de sus fortines. Sabemos que antes de llamarse Melilla, la ciudad −que pasó por las manos de los fenicios, los cartagineses, los romanos o los omeyas, hasta que la conquistaron los españoles− se llamó Metagonium (que parece el nombre de un planeta distante, cuyos habitantes se llamaban metagonitas), Akros, Rusaddir y finalmente Melilla. Su historia desde hace unos cinco siglos tiene algo de kafkiano porque no ha dejado de estar relacionada en todo momento con las fortalezas, los baluartes, las murallas o las alambradas, ingenios propios de la arquitectura militar, apoyada en inverosímiles cálculos logísticos, geométricos y trigonométricos que a un profano como yo lo dejan fuera de juego enseguida. La constante amenaza de enemigos turcos, piratas y sultanes ha obligado a realizar obras cada vez más sólidas pero quizás también menos efectivas, sobre todo ahora que el peligro militar parece haberse disipado y ninguna de esas construcciones colosales de antaño sirve de mucho para frenar la llegada de inmigrantes. Tampoco sirven de mucho para frenar la llegada de turistas (y nos incluimos en el saco) que pueden dar una forma equivocada −la de un elefante− a una ciudad como Melilla.
Martes, 09 de Agosto de 2011. Hilario J. Rodriguez.
Si los datos son correctos, fue en 1923 cuando el Real Instituto Geográfico Británico acabó de cartografiar la colonia de Costa de Oro, que hoy en día forma parte de Ghana junto al antiguo imperio de Ashanti y una pequeña franja de lo que hace algo menos de un siglo llamábamos Togolandia y que ahora conocemos simplemente como Togo. Pese a que algunas zonas resultaban casi inaccesibles, por culpa de la orografía y la selva envolviéndolas, se hicieron mediciones tan exhaustivas como para hacernos sudar sólo de pensarlo. Podemos imaginar a un grupo de hombres de una flemática determinación abriéndose paso a través de la espesura, después de que varios africanos, a golpe de machete, hubiesen abierto un camino entre ceibas, caobas y cedros, donde las hienas, los lémures y los leopardos, también las cobras, las pitones y las víboras cornudas, acechaban. No, no resultó una tarea sencilla. Además de los peligros tangibles, de los ataques y las mordeduras, estaban la fiebre amarilla o la malaria, un catálogo de enfermedades no apto para hipocondríacos. Eso por no hablar del calor sofocante, de la humedad, de la falta de agua potable… Y tantos y tantos imponderables. Cada jornada de trabajo duraba una eternidad, de ahí que todo el mundo quisiera acabar cuanto antes con aquellas engorrosas responsabilidades, absurdas en la mayoría de los casos porque ¿a quién le importaba realmente conocer al dedillo una parte del mundo tan impracticable? Un grupo de expedicionarios debió de entenderlo así cuando, a punto de regresar a su campamento para reponerse de un día durísimo, se dio cuenta de que atrás dejaban una pequeña colina adonde aún no habían llegado y quedaba pendiente de ser medida.
−No os preocupéis –dijo entonces uno de los miembros de la expedición−, acabaremos el trabajo más tarde, mientras brindamos con scotch y soda.
Al llegar a su tienda de campaña, sin siquiera haberse mudado de ropa, dibujó la silueta de un elefante sobre una cartulina, la recortó, la colocó en la parte del mapa de la zona donde se suponía que estaba la colina y trazó sus contornos. Seguramente era la única colina del mapamundi con forma de paquidermo, todavía sigue siéndolo si deseamos comprobarlo en el ángulo noroeste de la página 17 de la serie cartográfica 1:62,500 publicada por el Real Instituto Geográfico Británico bajo el título Africa: Costa de Oro, según lo cuenta Alberto Manguel en el prólogo de la Guía de Lugares Imaginarios.
La vista aérea de la ciudad de Melilla no desvela ninguna forma determinada, ni la de una sonrisa ni la de una mordedura, tampoco la de una mujer insinuante, tan sólo permite ver el perímetro que cubre la valla que la rodea y, prestando buena atención, la forma geométrica de sus fortines. Sabemos que antes de llamarse Melilla, la ciudad −que pasó por las manos de los fenicios, los cartagineses, los romanos o los omeyas, hasta que la conquistaron los españoles− se llamó Metagonium (que parece el nombre de un planeta distante, cuyos habitantes se llamaban metagonitas), Akros, Rusaddir y finalmente Melilla. Su historia desde hace unos cinco siglos tiene algo de kafkiano porque no ha dejado de estar relacionada en todo momento con las fortalezas, los baluartes, las murallas o las alambradas, ingenios propios de la arquitectura militar, apoyada en inverosímiles cálculos logísticos, geométricos y trigonométricos que a un profano como yo lo dejan fuera de juego enseguida. La constante amenaza de enemigos turcos, piratas y sultanes ha obligado a realizar obras cada vez más sólidas pero quizás también menos efectivas, sobre todo ahora que el peligro militar parece haberse disipado y ninguna de esas construcciones colosales de antaño sirve de mucho para frenar la llegada de inmigrantes. Tampoco sirven de mucho para frenar la llegada de turistas (y nos incluimos en el saco) que pueden dar una forma equivocada −la de un elefante− a una ciudad como Melilla.
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lunes, 8 de agosto de 2011
De Senegambia a Melilla
A comienzos de julio hice un viaje a Gambia y Senegal con mi hijo, de trece años. Era la primera vez que íbamos al África Subsahariana, esa cuyos habitantes a menudo intentan ganar las costas de Melilla a nado o en una lancha de juguete, cuando no saltando la valla que separa la ciudad de Marruecos.
Se dice que en África, desde hace siglos, las tribus se desplazan de un sitio a otro cada cierto tiempo, en caso de necesidad, aquejadas por la hambruna, por la sequía o por guerras en las que llevan las de perder. Nadie puede estar seguro, por tanto, de que los mandinga o los wolof sean oriundos de Gambia o Senegal pese a ser las etnias más numerosas en ambos países, pudieron llegar de cualquier otra parte y algún día puede que no habiten más aquellas tierras. En estos momentos 3.000 somalíes cruzan a diario las fronteras de Kenia y Etiopía huyendo de la hambruna, también hay conflictos en Sudán, Yemen o Costa de Marfil, y no digamos en Libia, Túnez, Egipto o Siria, un conjunto de situaciones desventajosas para mucha gente en movimiento, camino de Melilla o de Dios sabe dónde.
Gambia y Senegal son países muy calurosos, polvorientos e incómodos, donde a veces dar dos o tres pasos bajo el sol del mediodía nos recuerda las palabras de Cesare Pavese cuando aseguraba que viajar es una atrocidad. Sin embargo, allí la gente actúa un poco como aquí: hay quienes están quietos y se hunden poco a poco, y hay quienes se ponen en marcha porque los remolcadores los han abandonado. La gran mayoría prefiere moverse aunque no resulte fácil. Para llegar a Melilla, sin ir más lejos, los subsaharianos, sean de Gambia o de Senegal o de cualquier otro país, se agrupan en Mali, donde las mafias los guían hasta el sur de Argelia, para cruzar después a Marruecos por el paso de Oujda. Cubrir todo ese trayecto a veces les lleva varios meses.
Durante siglos, los subsaharianos han estado yendo de acá para allá, y aún hoy parece que lo único que han hecho es pedalear en una bicicleta estática. Pero todo esto quizás es una falsa impresión y en realidad ya no están donde estaban. Quizás están cada vez más cerca o más lejos, quizás se nos acercan o se alejan de nosotros, es imposible decidir al respecto. Un poco ingenuamente, durante una semana mi hijo y yo los hemos seguido hasta donde nos permitían las fuerzas, y nos hemos asombrado al ver que cuando nosotros nos íbamos a dormir cada noche, ellos seguían su marcha. Mis sueños, en aquellas noches de plomo, eran simples y extraños al mismo tiempo: atravesaba sabanas, bosques de baobabs, reservas, ríos, cruzaba el mar en ferrys atestados, hacía rutas en todoterrenos, exploraba junglas tupidas como los barrocos bordados de nuestras abuelas (que no sabían cómo matar el tiempo) y finalmente llegaba a la falda de una altísima montaña, acaso el Kilimanjaro, donde se suponía que me aguardaba algo, un misterio, un contacto, no sé, el caso es que acampaba allí y esperaba, con paciencia a veces, impaciente también, y a la mañana siguiente, sin saber bien qué me había sucedido, si es que me había sucedido algo, reemprendía la marcha, en sentido contrario.
Nunca he entendido esas películas africanas en las que un grupo de exploradores atraviesa un territorio lleno de peligros, en busca de las minas de rey Salomón, y que acababan justo cuando el grupo, mermadísimo porque en el camino a alguno se lo habían tragado las arenas movedizas o lo había devorado un imponente león o terminaba en la cacerola de una tribu de pigmeos, llegaba a su destino y conseguía sus propósitos, que no era ni el oro ni la gloria sino una rubia insólita en aquel paisaje agreste y malencarado. Nunca las he entendido porque notaba que a esas películas les faltaba algo: por ejemplo, el camino de vuelta. ¿Es que a la vuelta no se iban a encontrar los mismos peligros que a la ida? ¿Es que ya no moriría ninguno más porque al fin habían aprendido algo que los protegería en adelante?
Me hago todas estas preguntas absurdas no por el rigor con el que hoy calienta el sol en Guadalajara sino porque ahora mismo, mientras espero impaciente a que llegue el miércoles (cuando por fin nos iremos a Melilla), no sé si nuestro viaje es de ida o de vuelta.
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domingo, 7 de agosto de 2011
Imaginar Melilla
Mike Tyson -el boxeador que le mordió la oreja a Evander Holyfield porque no conseguía tumbarle con sus golpes- decía que «todo el mundo tiene un plan hasta que recibe la primera hostia». La hostia que recibimos nosotros en cuanto comenzamos a preparar nuestro viaje a Melilla fue contundente, nada de lo que habíamos previsto se ajustaba a las expectativas. Demasiados barrios, demasiadas calles que recorrer, demasiados edificios, demasiada gente… Si queríamos ser exhaustivos, ya podíamos ponernos a trabajar. Ahora que hemos hecho parte de nuestros deberes, en caso de que tuviésemos que recomendar a alguien una ciudad para ir de vacaciones con su familia, le diríamos que fuese a Melilla, seguramente uno de los lugares menos conocidos y menos reivindicados del planeta.
Aunque nosotros vamos allí en busca de diversión, aventuras y conocimiento, en muchos momentos es posible que nos sintamos incómodos e incluso asustados. Eso, sin embargo, no tiene por qué ser necesariamente malo. Sé que cuando viajamos no queremos entrar en contacto con nada que pueda poner en peligro nuestra frágil identidad, pero a veces hay que aceptar un poco de riesgo si uno quiere combinar el turismo y la cultura, no sólo podemos buscar una prolongación de nosotros mismos en los lugares adonde nos desplazamos durante las vacaciones, que es lo que hace la inmensa mayoría de la gente, necesitamos arriesgar.
Una de las exposiciones que más me han emocionado a lo largo de mi vida la vi en el Dahesh Museum of Art de Nueva York en 2005. Se titulaba «First Seen» (Vistos por primera vez) y consistía en una serie de fotografías tomadas en diferentes partes del mundo entre 1840 y 1880. En aquellas imágenes se mezclaban gentes de Ceilán, Sudán, Corea, Polinesia, Norteamérica o España, dando un repaso a casi todas las razas, sociedades, religiones y clases sociales. A menudo se establecían contrastes, colocando a occidentales al lado de indios navajos o aborígenes australianos. Bastaba con observar los rostros para dejar volar la imaginación y escribir largos tratados de antropología o etnografía; la ropa, la actitud y la pose conducían a otros detalles, hasta retratar de esa manera un pueblo entero, una cultura. Incluso los paisajes resultaban fáciles de perfilar, aunque al mismo tiempo me pareciesen muy distantes.
Como yo mismo soy aficionado a la fotografía, pensé en seguida en los azarosos viajes que se tuvieron que emprender para tomar los daguerrotipos de la exposición, cuyos autores eran en la mayoría de los casos desconocidos o anónimos (¿habría muerto alguno intentando fotografiar a un zapoteca o a un inui?). También pensé que antes las imágenes había que ir a capturarlas y que en la actualidad ya todas parecen capturadas. Algo así me hizo pensar que ahora muchas imágenes pueden generarse desde un ordenador, sin necesidad de que quienes las realizan se desplacen en absoluto. Eso no quiere decir que haya dejado de haber fotógrafos que entienden su profesión como una forma de experiencia que requiere viajar, cubrir largas distancias para entrar en contacto con culturas distintas y de ese modo contrastar realmente la identidad propia con la de otros pueblos; lo que quiere decir es que cada vez se arriesga menos, se han sintetizado tanto ciertas cosas que éstas han acabado perdiendo su significación, su auténtico valor, el aliento épico que necesita todo proceso de aprendizaje. Hoy en día, por si fuera poco, distinguir entre imágenes falsas y verdaderas se ha vuelto muy difícil, más que nada porque da la sensación de que cualquiera podría hacerlas en cualquier parte.
Nosotros –no volveremos a repetirlo- sólo vamos en busca de imágenes verdaderas y útiles de la ciudad de Melilla, imágenes en las que todos los melillenses y quienes no lo son puedan verse reflejados y de las que puedan extraer algo positivo. ¿Lo conseguiremos?
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